Aquellos emblemáticos edificios fueron atacados el 11/9/2001 por los islamistas de Al Qaeda lanzando contra ellos aviones de pasajeros secuestrados por comandos suicidas que fallecieron con los pasajeros, con las casi 3000 personas que no pudieron escapar de las torres y con otros muchos, afectados por las nubes de polvo que provocaron. Derribaron el símbolo del desafío de Nueva York a las grandes alturas y de su liderazgo financiero, centrado en la vecina Wall Street. Otro aparato se tiró contra el Pentágono, sede del poder militar de los EEUU. Lo intentaron también con el Capitolio, fracasaron porque los pasajeros se sublevaron y el avión cayó sobre un campo de Pensilvania. Han pasado 25 años de hechos que nunca olvidaremos los que los presenciamos en directo por televisión.
La reacción norteamericana fue histérica. Primera revancha: invadir Afghanistán en octubre del 11, por proteger a Al Qaeda. Año y medio después, hacer lo mismo con Irak y eliminar al dictador Sadam Hussein, considerado protector de ese grupo terrorista y que además representaba un peligro para todos porque tenía armas de destrucción masiva. Agresión decidida, en marzo del 2003, en la base de los EEUU en la isla Terceira de las Azores, en una cumbre de los jefes ejecutivos de aquel país (George W. Bush), Reino Unido (Tony Blair), España (J.M. Aznar) y Portugal (J.M. Durâo Barroso). La reunión está muy presente para mí, porque se da la coincidencia de que estos días he estado en aquella preciosa isla.
Se estima que la guerra, que no contó con la aprobación de la ONU ni el apoyo de la UE, causó 900.000 muertos y consiguió derrocar y ejecutar al cruel dictador iraquí. Aunque no se pudo demostrar que apoyara a Al Qaeda ni que dispusiera de armas de destrucción masiva. El Irak que quedó detrás de la retirada de las tropas estadounidenses en 2014 es un país dividido e inestable, donde Al Qaeda cuenta con buenas bases. Sólo me alegro por los kurdos, pueblo sin Estado que, gracias a la caída de Sadam Hussein y los subsiguientes conflictos internos, consiguió tener un estado federado en el nordeste de Irak, con riqueza petrolera y mucha autonomía. En Afghanistán siguen los talibanes y Al Qaeda, y es el lugar del mundo donde más se discrimina a las mujeres.
La sombra de las Torres Gemelas es alargada aunque ellas ya no existan. La reacción, cargada de emociones, ante aquel ataque sorpresivo y espectacular, incluyó una revisión de las medidas antiterroristas del país atacado para hacerlas más agresivas y autónomas, creando nuevos organismos y reduciendo la supervisión a la que estaban sometidos, para poder saltarse normativas de protección de derechos humanos. Ahí sigue el campo de internamiento de presuntos terroristas islamistas en la base americana de Guantánamo, sobre las costas de Cuba.
La guerra al terrorismo es aplaudida por el pistolero de western que gobierna en Washington, permitiéndole actuar sin controles para, por ejemplo, hundir embarcaciones de presuntos contrabandistas de droga en el Caribe. Llevan 35 casos con 277 muertos. Las sospechas de terrorismo habilitan al Presidente para emplear a las fuerzas armadas en cualquier lugar del mundo y justifican la participación de los EEUU en las guerras registradas, pero no declaradas, estos años, en Siria, Yemen o Somalia. Por no hablar de Irán, donde aún sigue atrapado en una guerra del petróleo que pone en peligro la economía mundial.
Aquella salvajada de hace 25 años constituye un triunfo histórico de Al Qaeda, pues ayudó a que las medidas democráticas de protección de los derechos humanos estén hoy en recesión en muchos lugares del mundo y que grandes dirigentes que no creen en ellos, como Xi Jinping, Putin o Netanyahu, se sientan más libres para defender obsesiones expansionistas, saltándose el derecho internacional. El caso del israelita es extremo, para él todos los vecinos son terroristas, pero no sus colonos que ocupan grandes zonas de Gaza y Cisjordania y se dedican a la limpieza étnica.
En nuestro caso, el presidente que nos metió en la guerra de Irak, engañándonos con mentiras sobre colaboración con terroristas y armas de destrucción masiva, acusó luego a ETA de los ataques islamistas en Madrid del 11 de marzo del 2004 (192 muertos y unos 2000 heridos), provocados probablemente por él al meternos en la guerra de Irak. Un cabezota que no se entera, pero le gusta presumir de la cumbre de las Azores o de la fastuosa boda de su hija en el monasterio del Escorial, y sigue alardeando y dando opiniones sobre cualquier cosa. Los demás mandatarios asistentes a la reunión de las Azores se han disculpado por la barbarie que montaron. Aznar no, él siempre tiene razón. Hay gente que aún le aplaude, tampoco nosotros aprendemos.