Víktor Orbán ha perdido claramente las elecciones del pasado domingo en Hungría, después de 16 años seguidos de primer ministro, cargo que ya había ocupado entre 1998 y 2002. Largo tiempo, durante el que manipuló las instituciones con ánimo de perpetuarse: concentró funciones, redujo la independencia judicial, adaptó el sistema electoral para facilitar su permanente reelección, creó un cuasi monopolio estatal de prensa controlada…Nada nuevo, es el manual de los autócratas. Grupo muy solidario entre sí: Putin, Trump, Milei, Abascal… A Xi no lo incluyo, tiene un sistema de partido único, no intenta disimular.
A pesar de aplicar el manual del autócrata, Orbán se encontró con que sus excesos de política exterior –aplaudir los ataques de Trump, inclinarse ante Putin para que pueda ir quedándose con Ucrania, erosionar todo lo que pudo la cohesión interna de la UE- acabaron por hacer pensar a su gente. Los votantes también eran conscientes de la corrupción, veían cómo los más próximos al primer ministro se enriquecían con contratos públicos y regulación favorable. La UE comprobó que además de socavar las libertades, ese círculo privilegiado se apropiaba de gran parte de los subsidios europeos y los congeló. Lo que complicó más una economía ineficiente que sólo creció el 0,4 % el pasado año, frenada por la inflación y la subida de tipos de interés. Un ejemplo próximo y muy visible, Polonia, creció un 3,6 %, tras deshacerse de un gobierno ultra en verano del 2024.
Demasiados factores en contra para seguir. Hungría está en la Unión Europea y Orbán no puede limitar el efecto del voto hasta el extremo al que lo hacen políticos afines cómo el ruso Putin o el turco Erdogan. Ha intervenido información y modificado distritos electorales, ha pronosticado fraude electoral, ha recibido apoyo directo e indirecto, mediante la manipulación de redes sociales, de sus poderosos amigos. Pero en Europa las leyes democráticas cuentan, aunque se intenten frenar, y su gente le ha dado una buena patada en el culo. Ese espectacular Parlamento neo gótico de Budapest, a mis espaldas en la foto, tendrá ahora una gran mayoría , liderada por el conservador y europeísta Péter Magyar, que podrá revertir el daño institucional que el país ha sufrido. Magyar es un político experimentado, su apellido quiere decir “húngaro”, es algo nacionalista pero también pro europeo. Apostará por un mejor futuro para todos incluido, por supuesto, su propio país, que ha dado inventos cómo el cubo de Rúbik o el bolígrafo.
El espíritu de convivencia democrática de nuestro continente, al que también dedicaba la entrada anterior, conserva fuerza. Seamos optimistas, aunque los triunfos europeos sean poco espectaculares y aparezcan menos en medios y redes que las alharacas y esfuerzos bélicos de los nuevos fascistas, ganamos terreno porque los ciudadanos intuyen que el modelo de la UE nos encamina hacia sociedades libres y pacíficas que no ponen en riesgo la existencia propia y de los demás.