Picasso pintó el Guernica para la exposición de la República en la feria de París del 37, impactado por el bombardeo de la villa vasca un día de feria, realizado por la Legión Cóndor al servicio de Franco. Guernica resultó muy dañada y hubo cientos de víctimas mortales entre la población, sobre la que los alemanes ensayaron la destrucción de ciudades con bombardeos aéreos, generalizada durante la II Guerra Mundial. Hoy, los señores de la guerra son más precisos –misiles, drones-, aunque tampoco les preocupan mucho las víctimas civiles.

El pintor dejó su mural depositado en el MOMA de Nueva York, primer traslado, con instrucciones de enviarlo a España cuando se reinstaurara la república. Tras consolidarse la monarquía democrática, se convenció al depositario de que se cumplían condiciones mínimas. Lo entregaron en el 81, segundo traslado. El Guernica se fue al Casón del Buen Retiro, bajo la gestión del Museo del Prado. Madrid andaba floja de pintura moderna y los museos son parte fundamental de su atractivo turístico. Pronto se montó el Reina Sofía para cubrir el hueco y nada mejor que el emblemático cuadro para impulsar su prestigio, tercer traslado.

El complejo proceso terminó con la genial obra de un artista republicano, pagada por la República, metida en un museo que lleva el nombre de una reina griega que no se sabe qué ha hecho por España, esposa distante ahora de un rey corrupto designado por Franco. Doña Sofía también da nombre a un gran hospital en Madrid y se ocupa otorgando premios anuales pagados por el Estado. La Villa y Corte es acaparadora y poco coherente, debería tener que elegir entre Guernica o Corte. Lo lógico, a falta de República, sería que el mural viajara hacia Euskadi, se aproximara al lugar cuyo sufrimiento justificó el gran alegato de Picasso en contra de la violencia y a favor de la libertad. Un cuarto traslado es complicado, pero ya hay experiencia suficiente. Se debería intentar.

El caso del Guernica tiene vaga conexión con el de las pinturas, de comienzos del Siglo XIII, de la sala capitular del Real Monasterio de Santa María de Sijena, recuperadas tras el incendio provocado en agosto del 36 por unos exaltados. Los demás murales del templo resultaron destruidos. Lo que quedaba se depositó en lo que hoy se llama Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). Tenía cierta lógica, fue la Generalitat republicana la que se ocupó del patrimonio del monasterio salvado del incendio, el monasterio quemado pertenecía entonces a la diócesis de Lleida y Cataluña había sido parte del reino de Aragón.

En 1997, el gobierno aragonés inició un proceso judicial para llevar los delicados murales a su lugar de partida. Un fallo del Supremo (mayo/25) obliga al MNAC a devolver allí los frescos de los que es sólo depositario y para los que se ha acondicionado un espacio adecuado en el monasterio. La magistrada de la Audiencia de Huesca responsable del caso acaba de dar un plazo de 56 semanas al MNAC para realizar la entrega, siendo el traslado a su cargo. Es posible que éste vuelva a recurrir, alegando que el estado de la obra no recomienda moverla, pero creo que, en este caso, ese argumento no se tendrá en cuenta.

Son asuntos distintos , pero se intuye cierta fuerza institucional centrípeta respecto a legados artísticos de tiempos de república. Los razonamientos que antes realicé sobre la obra de Picasso no creo que sean suficientes para llevar a la vía judicial el traslado del Guernica a Bilbao, como ha solicitado el Gobierno Vasco. Aunque no puedo dejar de pensar que Picasso, si levantara la cabeza, se sentiría incómodo adornando el museo de una reina extranjera con el encargo que le hizo la república española. Quizá se podría mitigar el desajuste cambiando el nombre de la institución depositaria.

Pero no hay que esperar mucha coherencia en política. El domingo pasado, un Rey sonriente, acompañado de la hija heredera, entregó su Copa a la muy vasca Real Sociedad. Los aficionados aplaudían y cantaban ¡Aúpa Real!¡ Real!, nombre monárquico del equipo triunfante, hinchando camisetas con escudo presidido por una corona, después de haber silbado a gusto, antes de iniciarse el partido, la interpretación de la Marcha Real, hoy himno de España.

En cualquier caso, ¡zorionak donostiarrak!

La foto del principio es de la reproducción del Guernica que lleva en mi casa desde que la montamos, cuando aún era un símbolo de resistencia a una dictadura. Ésta la tomé de El Periódico.

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