En las elecciones del pasado domingo, el partido recientemente creado hace 4 meses por el actual presidente de Bulgaria, Rumen Radev, ganó con claridad, asegurándose una mayoría absoluta de 135 escaños en un parlamento de 250. Radev pasa de la Presidencia, cargo institucional de poco poder, a dirigir el ejecutivo como primer ministro.
El nuevo jefe de gobierno es pro ruso y ha criticado las sanciones que la UE impuso al Kremlin, tras la invasión de Ucrania. No obstante, Radev parece un político pragmático que se define también como pro europeo. Habrá que ver lo que hace en los próximos meses. Bulgaria se ha incorporado a la zona euro en enero y está en el proceso de transición para substituir su moneda por la común europea, no parece que el nuevo dirigente al frente del país vaya a revertir el programa acordado con el BCE, su economía depende demasiado de las ayudas europeas.
Lo sucedido en Bulgaria prorroga el desgaste de la unidad de acción de la UE para enfrentarse a decisiones agresivas de las grandes potencias, siendo el caso ruso el más radical ya que aspira a incorporar zonas del este del continente donde ejerció el poder en tiempos de la URSS. No sirve de mucho ahora criticar las facilidades que se dio a los países situados detrás del antiguo “telón de acero” para acceder a la UE. Se pretendía consolidar su proceso de democratización, pero quizá debió esperarse a que éste se completara antes de darles voto en decisiones comunes. Fue un exceso de optimismo.
Vladimir Putin mantiene influencia en una zona próxima con mucha población cansada de las turbulencias políticas que trajo la democracia. Las elecciones generales del domingo en Bulgaria fueron las octavas en los últimos cinco años, lo que explica en parte el descontento y las ganas de tener un dirigente conectado con un pasado de estabilidad dictatorial. El Kremlin maneja a su favor las dudas y frustraciones de sus vecinos a través de redes sociales, financiación de partidos, intrigas de la KGB… No ha tardado en conseguir un nuevo peón para relevar al húngaro Orbán, perdedor de las elecciones celebradas en Hungría dos semanas antes, e intentar seguir frenando medidas de consolidación interna e influencia exterior de la UE.
La Unión Europea promueve políticas basadas en la defensa de la igualdad y las libertades y en el derecho internacional. Su avance es lento, pero hay que insistir. Hacen falta más medidas de ese tipo para evitar peligros catastróficos por conflictos armados y empeoramiento de las condiciones climáticas. Es la razón por la que es atacada por los que pretenden repartirse el planeta con ideas simples y fuerza bruta, y seguirán combatiéndola.
No nos podemos permitir el lujo de ser pesimistas. Muchas veces, los problemas pueden convertirse en oportunidades para reflexionar e intentar hacer mejor las cosas. Lo sabemos bien los involucrados en decisiones estratégicas de organizaciones privadas. Lo ocurrido en Bulgaria servirá para profundizar cambios de los procedimientos comunes y acelerar la Europa de varias velocidades que está prevista. Los miembros que lo deseen tendrán la opción de quedarse fuera de determinadas acciones promovidas por la mayoría. Un marco que ayudará a reforzar el papel internacional del continente y también a recuperar la presencia del Reino Unido en algunas instituciones comunitarias, una vez que la mayoría de sus habitantes están convencidos de que su salida, el Brexit, fue un error grave, un agujero en sus bolsillos.