El terrible accidente registrado en Urda (Toledo) vuelve a poner en primer plano los problemas del AVE. Las debilidades de nuestra red de alta velocidad son profundas, vienen de un mal diseño, agravado por las prisas para poder inaugurar, antes de la olimpiada de Barcelona, la primera línea, la que ahora está peor (Madrid-Sevilla). Las razones eran políticas, como explicaba en la entrada del pasado 30 de enero. Llevamos dos graves desgracias en un año, por eso repito el título que utilicé entonces para referirme a lo ocurrido en Adamuz. Pero lo había empleado antes, en septiembre del 92 en una revista gallega, pocos meses después de inaugurarse la línea Madrid-Sevilla. Advertía ya entonces que la red AVE iba a absorber casi todos los recursos para infraestructuras ferroviarias, que tenía problemas de diseño y que debería haber prioridades más rentables y necesarias (cercanías, mercancías). El único consuelo, ahora, es que la desgracia humana obliga a hablar del tema e incluso a hacer referencia a sus fallos. Cuando se trata sólo de números, de dinero, debatimos mal, el sistema político dilapida recursos, pero no rectifica si implica contradecir lo políticamente correcto.
El sistema AVE, tan radial y tan amado, sobre todo en Madrid y Andalucía, es posiblemente el mayor error en infraestructuras de nuestra historia. Ha absorbido más de 100.000 millones de euros y tiene problemas de base. Los errores estratégicos no se corrigen, se cambian. Hay que rehacer toda la base ferroviaria de la alta velocidad, hacerla más fiable, aunque vuelva a costar decenas de miles de millones. Quedará mucho mejor, podría ser necesario bajar la velocidad objetivo de 300 a 250 km hora, hacer la red compatible con el tráfico de mercancías e incluir líneas no radiales que son necesarias. Pues no, los políticos insisten, el año pasado el ministro Puente hablaba de aumentar la velocidad AVE a 350 km/hora y gastarnos para ello una cantidad similar a la que ya llevamos invertida.
La baja calidad de la infraestructura de la alta velocidad se nota más en la línea más antigua y está en la base de lo ocurrido en Adamuz en enero. Lo de Urda parece que tiene más que ver con un error humano, como en el descarrilamiento de un Alvia, cerca de Santiago en julio de 2013, cuando el maquinista mantuvo velocidad de 190 km/ hora, entrando en una curva limitada a 80. Se despistó por contestar una llamada a su móvil. Hubo 80 muertos y 145 heridos. Lo del miércoles pasado se originó por la caída del sistema informático que regula la circulación y obligó a parar los trenes. No obstante, alguien dio instrucciones al AVE de Renfe para volver a circular a velocidad normal y embistió por atrás al Iryo de Ilsa que seguía parado.
A pesar de las enormes inversiones, ya hay muchos tramos de Ave en que no se puede pasar de los 200 km/hora. Es imprescindible cambiar la base sobre la que corren, aunque haya que tragarse el orgullo. Iremos más seguros en el tren y también en las carreteras, que soportarán menos camiones si las mercancías se transportan prioritariamente en tren, como en los países que actúan con cabeza. Ahorraremos también en mantenimiento y habrá recursos para cercanías, que mueven mucha más gente y están infradotadas por lo que absorbe el Ave.
Lo que es también imprescindible y no necesita tantos recursos es hacer invulnerable el sistema automático de control de tráfico. Nadie podría llevar un tren a más velocidad de la establecida en cada punto o ponerlo en marcha si el sistema está caído. Los humanos somos más proclives a errores.