El libro, cuya portada preside está entrada (“Los dueños del Estado “, de Rafael Méndez), fue una de mis lecturas de verano. El autor es un periodista que, a lo largo de su trayectoria en diversos medios, ha desarrollado un interés especial por investigar el trabajo de los cuerpos de altos funcionarios del Estado. Describe cómo esa elite influye en muchas decisiones, saltándose con demasiada frecuencia su situación de empleados públicos y las incompatibilidades que teóricamente implica. Aunque muchas veces lo hagan de forma legal, obteniendo la correspondiente autorización, luego mezclan intereses públicos y privados de forma poco razonable.
Letrados del Consejo de Estado o Abogados del Estado pueden estar trabajando en su función pública y, al mismo tiempo, tener su propio bufete o integrarse en uno con otros socios, además de desarrollar otras actividades, cómo ser profesor universitario o consejero de alguna empresa. En ocasiones, esto les lleva a defender posiciones que chocan con las del sector público.
La línea básica que impulsa el ensayo en el origen a este blog radica en las acumulaciones de poder que se dan en las sociedades actuales, aunque estén organizadas en un marco democrático. Los que tienen influencia por su posición en el aparato político-burocrático, su mucho dinero y/o su control de la información, se apoyan entre ellos y se saltan con frecuencia las reglas del Estado de Derecho para hacer lo que les viene en gana. Por eso me interesó mucho «Los dueños del Estado» y lo recomiendo a mis lectores. Los variados casos que describe abren las entrañas de la Administración y muestran, con asuntos concretos, cómo las posiciones de personas o empresas se pueden saltar reglas y obtener favores y privilegios, con frecuencia materializados en ingresos relevantes.
El trabajo de Rafael Méndez demanda que se establezcan barreras claras y serias entre lo público y lo privado. Las incompatibilidades deben reforzarse en un país donde la mayor parte de la población aspira a ser funcionario, sobre todo porque garantiza una renta salarial vitalicia superior a la media del empleo privado, sin impedir desarrollar otras actividades. El pluriempleo público-privado es un paraíso laboral que en las escalas funcionariales más elevadas puede ser un canal bien retribuido por donde, con demasiada frecuencia, circulan privilegios injustificables.
Para ser más directo yo hubiera titulado el libro como este artículo: Así funciona Madrid. Porque una característica propia de España es que tiene su capital en la única ciudad europea importante que no está en la costa o sobre un río navegable. La justificación de sus dimensiones e influencia está en ser capital del Estado. En ella tener buenos contactos es el principal activo para moverse en el plano social y económico, los de cargos públicos de alto nivel son especialmente cotizados.
No he leído, aún, el libro que recomiendas, pero como a estas alturas y con la inacabada e inacabable cascada de ejemplos «nada edificantes» que día si y día también nos sobresaltan, resulta difícil creer que aún quede quien no haya perdido la inocencia al respecto . Ojalá que se pueda poner coto a tantas prevaricaciones, corruptelas y connivencias necesarias, pero mucho me temo que el objetivo deseable está tan lejos de lograrse como la erradicación del oficio más viejo del mundo, que lejos de ser combatido, es practicado y protegido por algunos de los que se erigen como paladines contra el mismo.
Pero creyendo como creo que no diferimos sustancialmente en lo que antecede, si lo hago en lo que respecta al señalamiento de Madrid como centro de la diana de dichos males. Puede ser que a nivel cuantitativo, por darse en la capital del Estado las confluencias que se dan, su cuota/parte sea más elevada, pero hasta ahí podemos llegar, no más allá y supongo que en la materia no difiere con lo que pueda suceder en otras capitales europeas o del resto del mundo. No acabo de entender, de otra parte, que el que Madrid no esté en la costa o sobre un rio navegable guarde relación con este ni con otro problema. No ha cambiado de ubicación y, desde los Reyes Católicos, salvo en ocasiones anecdóticas, derivadas de circunstancias puntuales, tan efímeras como lamentables (guerra de la independencia y civil) la capital de España nunca estuvo bañada por agua salada ni dulce, pues no lo estuvieron ni lo están Toledo, Valladolid, ni Madrid, y no por ello ha desmerecido en ningún sentido. ¿Dónde habría que situar la Capital para cambiar lo que en el libro se censura?.
Las ciudades tienden a nacer en lugares donde circula el comercio, bien comunicados. Eso les produce actividad económica, vinculada a la producción, el intercambio, los servicios a terceros… Algunas de esas ciudades, por el devenir de la Historia, adquieren rango político y se convierten en capitales de lo que les rodea. Nuestro caso es diferente. Tenemos una capital en un lugar marginal donde a un rey poderoso se le ocurrió ponerla. Eso tiende a obsesionarla con su función principal, la que justifica su existencia.
Como bien sabes, hay distintas hipótesis de porque Felipe II, en el lejano 1561, ordenó fijar la capital de España en Madrid, pero la decisión no fue nada «rupturista» a la vista de los antecedentes de sus anteriores ubicaciónes, nada de costa ni de ríos navegables, salvo momentos muy puntuales. Cada una de las capitales y grandes ciudades europeas tiene la suya, probablemente influida por las circunstancias que citas, sin que yo acabe de ver demérito alguno para Madrid (evidentemente la marginalidad que citas no es la geográfica) y a los hechos me remito. En lo social, en lo cultural, en lo económico, en lo cosmopolita y, como no, en lo político, su relevancia es incuestionable y va a más, pese a la descentralización del Estado derivada del advenimiento de las autonomías, va para 50 años.
Fuera de Europa, por ejemplo en Brasil (más de 200 millones de habitantes) la capital, que comenzó siendo Salvador de Bahía (1549 – 1763) luego Rio de Janeiro (1763 – 1960) pasó a Brasilia «ex novo» en 1960. Parece que no han considerado la no navegabilidad y un inconveniente.
Por cuanto respecta a los problemas que enumeras en los dos primeros párrafos de la entrada comentada y supongo que en el libro «Los dueños del Estado», me pregunto ¿ Serian otros si, por ejemplo, estuviese la capital de España en Barcelona o Bilbao?. ¿ Está el origen de los «privilegios injustificables», etc., en los territorios, o en quienes los promueven, disfrutan y toleran en cualquiera de las distintas administraciones confluyentes?. ¿Florecen más en secano que en torno las distintas aguas?.
No me interesa la «historia ficción», la realidad es que nuestra capital no fue relevante antes de serlo y vivir de ello. Ahora es una ciudad grande con variadas actividades, aunque mantiene la obsesión por conservar todo el poder del Estado, las raíces que la impulsaron y siguen funcionando.