En los últimos decenios la economía se ha ido globalizando, la libertad de movimiento de mercancías y capitales facilita que los procesos productivos se internacionalicen. Gracias a ello países como China o India se han beneficiado de fuerte crecimiento, integradas en un sistema planetario que funciona por primera vez en la Historia.
Lo que no se ha liberalizado es la circulación de personas y los que necesitan mejorar presionan las fronteras de los Estados avanzados. En el interior de ellos, las tensiones sociales se generalizaron durante la era industrial, que impulsó el crecimiento de las clases medias y elevó la riqueza de las superiores. Los enfrentamientos interclasistas por las desigualdades se suavizaron, durante el siglo XX, con la acción de sindicatos y partidos de centro izquierda. Se consiguió negociar un pacto social de salario mínimo, suficiente para vivir con cierta dignidad, y un Estado de bienestar con prestaciones para todos, en educación, sanidad, pensiones y desempleo.
La globalización trae ahora una lucha de clases supraestatal. Los ciudadanos de países atrasados que no han conseguido integrarse en el sistema productivo mundial y beneficiarse de la mayor competitividad que proporciona ofrecer trabajos menos remunerados para crecer y acercarse a los más ricos, sueñan con tener las ventajas que allí hay y ellos observan en la TV y en sus móviles. La presión por mejorar su precaria situación les lleva a arriesgarse para entrar en ese mundo.
La dura situación de desigualdad está detrás del asalto a la frontera marítima de Ceuta el pasado día 30. Diversas circunstancias – sentencia del Supremo prohibiendo devolver a los que llegan por vía marítima, falta de control del otro lado, redes sociales …- desataron el anhelo de muchos y unas 70.000 personas, fundamentalmente marroquíes, pasaron a Ceuta por el mar, por lo menos 70 fallecieron en el intento.
El espectacular incidente desató los ataques de sectores europeos ultras, encabezados por la jefa de gobierno de Italia y aplaudidos por Vox. Aprovecharon el suceso para atacar la política migratoria del gobierno español que acaba de legalizar la situación de centenares de miles de inmigrantes precisos para nuestra economía. Los xenófobos tomaron medidas teatrales de control de esas fronteras que aman tanto. Desconfían de la UE, uno de cuyos logros es la libertad de movimientos. Pronto se vio que sobreactuaban, no pueden resistirse a las ganas de hacerlo. El asalto se frenó y la inmensa mayor parte de los que habían entrado volvió al otro lado de la frontera.
El asunto merece una reflexión, es síntoma del fracaso en el reparto de la riqueza del planeta. Hay razones de tipo cultural para rechazar la entrada masiva de extranjeros, sobre todo en países que reciben muchos inmigrantes de las mismas características. Es el caso de Francia, donde la inmensa mayoría son de procedencia norteafricana porque allí tuvo fuerte presencia colonial. Entre ellos predomina la religión musulmana, que favorece la creación de guetos y dificulta la asimilación . En eso España está mejor porque la entrada de latinoamericanos favorece la diversidad y el acercamiento a la cultura común.
El rechazo cultural y étnico es la principal justificación de los partidos de tendencia fascista para rechazar a los que llegan. Pero hay algo más, la entrada de muchos inmigrantes es vista también como riesgo para la estabilidad del sistema de bienestar social, por el fuerte aumento de la demanda de servicios básicos gratuitos. La desconfianza alcanza a las clases populares y muchos trabajadores temen también perder su empleo a manos de los migrantes. Lo que explica parte del aumento del voto populista. Incluso algún partido de la izquierda europea defiende medidas duras contra la inmigración irregular (1).
África concentra una gran parte de los desfavorecidos del planeta y España conserva dos enclaves al otro lado de Gibraltar. La rica UE tiene fronteras en el continente más pobre. La presión sobre ellas tiene raíces profundas y no va a cesar. Y se radicalizará más si el mundo sigue evolucionando hacia una concentración de poder en pocas manos, que venden patria a sus conciudadanos como patrimonio eterno a defender. A ellos les viene bien, les permite mantener control de ejércitos y mercados y seguir engordando la cartera.
(1) Capitalism Alone. Branko Milanovic, 2019