Hace un mes publiqué una entrada (Reina como nunca la nobleza del dinero) sobre el poder que acumulan hoy los súper ricos. Capaces de libarse de las obligaciones de los ciudadanos de a pie, fundamentalmente de la de pagar impuestos significativos para el volumen de ingresos y patrimonio que manejan. Ventajas de un mundo internacionalizado en el que complejas estructuras fiscales les permiten beneficiarse de condiciones favorables para mantener e incrementar sus fortunas. Una prebenda muy apreciada por los poderosos es poder satisfacer vicios saltándose, si hace falta, algunas reglas. Una afición que se manifiesta especialmente en las generaciones de herederos, los grandes empresarios que empezaron desde abajo son menos proclives a los alardes sucios, normalmente mantienen los pies en el suelo que pisaron de jóvenes.

La nobleza del dinero sigue los pasos de la nobleza de títulos y grandes fincas que predominaba antiguamente. Nobles o plebeyos, los humanos tenemos mucho en común, incluidos algunos gustos inconfesables que afloran cuando nos sentimos libres de restricciones. Lo vemos en los escándalos derivados de los “servicios” que el adinerado Jeffrey Epstein proporcionaba a varones de las elites internacionales para satisfacer deseos sexuales con jovencitas prostituidas con la ayuda de su socia Ghislaine Maxwell.

Fueron muchos los que se apuntaron a los sofisticados encantos que ese tinglado proporcionaba. Sabemos que allí confluían herederos de la nobleza de siempre con la nueva nobleza del dinero. Por su proximidad a estos placeres, el príncipe británico Andrés ha sido desposeído de todos sus títulos y expulsado de palacio. Los indicios apuntan a que también anduvo por aquellas fiestas el rubio, gordo, rico y mal criado, que preside el palacio más poderoso. Es tal la fidelidad de Trump a la grandeza inmobiliaria, de la que procede, que la casa Blanca le parece inadecuada para él y la está repintando y ampliando con salón de baile de decoración ostentosa. Probablemente la enorme influencia de que disfruta le permita seguir en su paraíso dorado apuntando como pecados veniales sus visitas al planeta Epstein, que este dejó reflejadas en una carta, antes de suicidarse. Pero no pierdo la esperanza de que le acaben pasando factura

En la parte superior de la escala de los vicios, aparecen indicios de que italianos ricos y amantes de las armas, pagaron sumas importantes para cazar seres humanos, incluidos niños, actuando como francotiradores bajo protección de las fuerzas armadas serbio-bosnias, durante el asedio de Sarajevo, a mediados de los 90. Es el colmo de la perversión de los aficionados a la caza mayor, exclusivo club que gusta matar otros seres vivos, pecado tolerado en muchos países por la subsistencia de tradiciones de otros tiempos. Hasta recibir las informaciones referidas, su mayor exceso era ir a África a cazar elefantes, especie en peligro de extinción. Como hacía nuestro Rey emérito, heredero del trono de España, por línea paterna y por decisión de su admirado Francisco Franco. Juan Carlos acaba de publicar unas memorias en las que se atribuye el mérito de haber traído la democracia a España. Al parecer, según él, las libertades no las logran los pueblos, siguen siendo una prebenda de los soberanos, que sólo otorgan cuando no tienen más remedio, porque desconfían de que todos seamos iguales ante la ley. En cualquier caso, él cobró muy bien sus servicios, aunque eso no se detalle en su libro.

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