El Presidente de los EEUU se apresura a hacernos olvidar el terrible mandato de Trump. Esta semana, se celebró la cumbre sobre el clima promovida por él, que vuelve a dar impulso al proceso de reducción de gases de efecto invernadero, un tema de supervivencia de la especie. Siempre hay quien pide más, pero asumió un compromiso fuerte para su país y arrastró así a las otras grandes economías. Aunque reclame dinero para ello, el propio Bolsonaro, prototipo de negacionista de todo, parece dispuesto a frenar la desforestación de la Amazonía, uno de los principales puntos de preocupación por su capacidad de absorber CO2.

Poco antes, Biden, que acaba de cumplir los primeros 100 días de su mandato, anunció un enorme plan de recuperación de la crisis del coronavirus de 2 billones de dólares, muy centrado en la producción de energías limpias, infraestructuras, incluida una red para poder recargar baterías de vehículos eléctricos, y aportaciones para reforzar la sanidad y la educación públicas. Aspectos en los que los EEUU necesita mejorar.

Gastar mucho impone recaudar más para evitar un prolongado debilitamiento de las finanzas públicas. En esa línea, es muy importante su propuesta de crear un impuesto mínimo por facturación a las grandes multinacionales, un agujero negro que perjudica a todos los países, salvo a unos pocos paraísos fiscales. El gobierno norteamericano prevé asimismo amentar impuestos en los tramos más elevados de rentas y patrimonios, que han ahondado mucho las diferencias sociales en las últimas décadas.

También es de resaltar que se coordine con la UE para amenazar con sanciones a los grandes estados totalitarios, por aplastar a los uigures, en el caso de China, o por amenazar a Ucrania, en el de Rusia. Por más que moleste al nacionalista que manda en Turquía, ayer, aniversario de su comienzo, calificó de genocidio lo que hizo el Estado otomano entre 1915 y 1923 al eliminar a más de 1,5 millones de armenios, una minoría cristiana.

Más discutible es la intención del Presidente de retirar sus tropas de Afganistán, antes del próximo 11 S, lo que quizá sea precipitado con los talibanes acechando para hacer retroceder al país a sus peores pesadillas. Algunos ya se están preparando, ayer se registraron tres atentados en Kabul con seis muertos.

Aunque no siempre acierte o sea capaz de sostener el empuje inicial, está liderando acciones que ayudan a que los EEUU recupere liderazgo en la protección de las libertades y derechos humanos, y el apoyo a los más desfavorecidos. Me interesa destacar de que lo hacen bajo el mando de un hombre de 78 años. La edad no le lleva a una mayor inacción, más bien es todo lo contrario.

Biden tiene una larga carrera política detrás, incluidos dos mandatos como vicepresidente de Obama durante los que no se remataron bien algunas de las líneas que ahora prioriza. La edad le da experiencia y perspectiva, pero también le aporta una visión diferente sobre la vida, sobre lo que hay que hacer en cada momento. Las personas mayores que aún tienen capacidad de gestión, propenden a no demorar lo que les parece importante, lo que ven como un legado imprescindible. Son conscientes de que no les sobra tiempo para introducir cambios que pueden resultar difíciles a los que vienen detrás.

En el libro, pg. 52, cuando se analiza la conveniencia de poner límites temporales a las carreras de los políticos, se dice: ”…los que van a dejar la política para siempre, muestran más inclinación a intentar reformas importantes…”. En el caso de las personas de edad, en un contexto democrático, es una tendencia habitual. Parece una contradicción, pero los viejos pueden ser muy útiles para impulsar cambios que se retrasan por la afición a no mojarse demasiado de los que aspiran a seguir viviendo mucho tiempo.    

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