La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia ofrece la foto de un país que se ha ido radicalizando y convierte en marginales a los que fueron sus dos partidos dominantes, socialdemócrata y conservador, los que levantaron una nación próspera, solidaria y esencial en la construcción europea. El crecimiento de los grupos populistas, a izquierda y derecha, es síntoma de una fiebre que se extiende por todas partes. En países anglosajones el radicalismo (Trump, Johnson, Corbyn) tiende a permanecer dentro de un bipartidismo más arraigado. En los latinos provoca la aparición de nuevas formaciones, el desgaste de las tradicionales y el fraccionamiento.

Como se explica en el libro, la radicalización tiene raíces en el debilitamiento del Estado nación tradicional a consecuencia de la globalización, que implica más desplazamientos de las poblaciones y de la producción. También influye la mayor integración de una Humanidad de 7.500 millones de seres a través de los nuevos sistemas de comunicación. Lo que debería ayudar a un mejor conocimiento de unos y otros, a compartir lo mucho que tenemos en común, se ha convertido en una nueva arma para provocar enfrentamiento, manipulada por mensajes dirigidos por los que quieren debilitar la democracia.

La gente, especialmente la menos formada y más necesitada, pide más protección del Estado ante las tensiones y desigualdades que la apertura exterior genera, mientras los poderosos encuentran mejores sistemas para pagar pocos impuestos. Como consecuencia, los Estados aprietan más a las clases medias para recaudar lo que necesitan, las debilitan y reducen el peso del centro político. El contexto hace más fácil seducir a los votantes con llamadas a controlar mejor lo que pasa, con más Estado, que levante fronteras a personas y mercancías, y expulse extranjeros. Un nacionalismo de vuelta al pasado.

Francia es una gran referencia de este proceso. El país reúne condiciones idóneas para sufrir una tormenta política. Los franceses tienen una larga tradición de echarse a la calle, bloquear carreteras o ciudades, para pedir al gobierno que solucione cualquier problema. Les presiona sobre todo la enorme cantidad de emigrantes, procedentes de las excolonias norteafricanas y de cultura islámica, que ocupan las banlieus de las ciudades y, azuzados desde las mezquitas, se enfrentan a la fuerte tradición laica. Dentro de la cual, el Estado es el instrumento para arreglarlo todo.

Pero el Estado francés ha superado cualquier dimensión comparable, muy centralizado y, al mismo tiempo, inundado de todo tipo de organismos territoriales poco operativos en proporciones caóticas. Se retrasa continuamente la profunda reforma que necesita para descentralizarse, ser más flexible y reducir tamaño, aunque no deje de debatirse sobre su necesidad. Suecia lo hizo con decisión en los 90 al encontrarse en una situación similar e inmanejable. Los franceses parecen incapaces de abordar el problema.

Es preocupante el marco en que evoluciona un país fundamental para Europa, una potencia nuclear con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.  Probablemente Emmanuel Macron ganará la segunda vuelta de las presidenciales y, siendo así, dentro de cinco años no podrá volver a presentarse para un tercer mandato. Quizá eso le permita hacer con mayor libertad las reformas que su Administración necesita, aunque sean poco populares, al estar menos preocupado por quemarse. Puede ser que Putin esté fuera de juego entonces y que no tengamos una pandemia dando la lata, aunque la herencia de las crisis que provocaron seguirá pesando sobre la economía por el exceso de deuda pública.

Pero las tensiones subsistirán y los chinos seguirán peleando contra las libertades en su afán de dominar el mundo. Esperemos que el próximo domingo se confirme la victoria de Macron y que tenga la determinación de modernizar el Estado que preside y reforzar la UE ante los desafíos que tiene con la ampliación al Este y el desarrollo de un sistema común de defensa. Su rival del domingo pide una paz en Ucrania con concesiones a Putin para seguir presumiendo de ser su amiga. Aunque pierda ahora, Marine Le Pen seguirá presentándose a las presidenciales y protegiendo a los autócratas.

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