La invasión de Ucrania por el ejército ruso es un acto intolerable, que va más allá de una guerra de anexión y de los crímenes (asesinatos, violaciones) cometidos por los invasores. Es un desafío a la Europa democrática y lo que significa. Vladimir Putin es un líder totalitario de la peor especie, al frente de un país que ha perdido su imperio y quiere recuperarlo, con los mismos medios que se usaban cuando esos engendros cubrían el mundo.

El modelo de imperio terrestre, que describo en el libro, provoca mezclas de poblaciones vecinas que dificultan después el establecimiento de fronteras estables. El de Rusia es un caso extremo, porque la URSS, un espacio colonial que aspiraba a extenderse por todo el mundo, se acabó derrumbando por la ineficiencia del sistema comunista. No hizo falta una dura guerra convencional para terminar con ella, como había ocurrido con los demás imperios terrestres en el continente y alrededores. Simplemente colapsó.

De aquel esplendor, Rusia conserva un ejército grande, algo envejecido y no muy eficaz. Un fantasma del pasado, pero con armas nucleares que blande cuando se encuentra acorralado. Es un país muy nacionalista y xenófobo a todos los niveles: pueblo, gobierno e iglesia. No admite un papel secundario en el mundo y, sobre todo, en el este de Europa, a pesar de su demografía en declive y de su escasa capacidad económica.

Lo que Putin ha empezado en Ucrania es la prolongación de lo que hizo en Chechenia, Georgia o Azerbaiyán. Responde a una política a largo plazo que emplea, si es preciso, las variantes más crueles de la guerra para dominar territorios o apoyar a líderes totalitarios, como en el caso de Siria.  Va contra Europa, contra la democracia, las leyes internacionales y los derechos humanos, contra todos los que apoyan las mejoras alcanzadas en siglos de lucha por la libertad. Ataca incluso a esos otros pueblos, incluido el chino, a los que ideas de otros tiempos mantienen alejados del estado de derecho, porque quiere impedir que sus habitantes tengan una referencia, una esperanza para luchar por la libertad. Eso explica el apoyo que le da el poblado club de dictadores y aspirantes.

Hay demasiados líderes en el mundo que cercenan las libertades, especialmente la de información y expresión, la madre de todas ellas. Ya no se molestan en intentar vendernos un modelo económico pretendidamente más justo, como prometían los fascismos de la primera mitad del S XX, especialmente su variante comunista. Lo que cae en sus manos suele acabar en un desastre de corrupción generalizada, elecciones amañadas, mucho control policial y escaso desarrollo. Solo hay que mirar lo que pasa en esa Bielorrusia que respalda la invasión rusa o en la Venezuela de Maduro.

Como les ocurre a casi todos los dictadores rodeados de lameculos, Putin parece tener una imagen demasiado positiva de sus ideas y de lo que en otras partes anhelan. Menosprecia la capacidad de las democracias. Por eso calculó mal la invasión de Ucrania. Se puso objetivos muy ambiciosos, que ya sabe que no podrá lograr por la resistencia del pueblo ucraniano y la reacción de los países occidentales, a pesar de sus divisiones. En consecuencia, quiere salvar la cara ofreciendo a su país, como gran victoria, la independencia de la zona más rusófila del este de Ucrania y consolidar la ocupación de la península de Crimea.

No habría que permitírselo, porque es sólo cuestión de tiempo que vuelva a intentar lo mismo o algo parecido, mientras sigue tomando todo tipo de medidas, incluido el manejo tóxico de las redes sociales, para dividir los estados de derecho, apoyando a líderes populistas e intentando debilitar a la UE, la materialización de todo lo que aborrece. El nuevo Stalin no puede permitirse una guerra prolongada por lo que, a pesar del coste en vidas y recursos, habría que forzarle a entrar en un enfrentamiento duradero, que sus reservas económicas no soportarán y desgastará su popularidad interior y exterior.

Hay que obligarle a replegarse sin lograr nada. Nos va mucho en ello, Ucrania es una diana detrás de la que están todos los seres humanos que aman la libertad, por eso hay que apoyarla en serio, con sistemas de armas defensivas y ofensivas. Para reducir la dependencia de Rusia, los europeos debemos estar dispuestos a restricciones energéticas , que ayudarán también a luchar contra el deterioro ecológico. Ésta debe ser la última guerra provocada por un imperio terrestre en decadencia, pero hay que ganarla. En caso contrario el conflicto bélico seguirá larvado y volverá a explotar y a ponernos a todos en peligro.

No es un planteamiento fácil, porque en democracia la determinación es más difícil de sostener. Ya hemos visto a políticos que se dicen progresistas y soberanistas, como Nestor Rego, un comunista del BNG, negándose a aplaudir en el Parlamento español al líder elegido por los ucranianos para defender su libertad, su soberanía. Esa es una ventaja importante de un sistema democrático, permite retratar a cada uno, especialmente cuando hay una tensión fuerte. Una virtud que Putin, Xi y compañía confunden con debilidad. Es lo contrario, es nuestra mayor fuerza. La tolerancia nos legitima frente a los intolerantes.

Las guerras iniciadas de forma unilateral no deben cerrarse mal, no caben medias tintas. Aunque haya cosas mejorables en nuestro bando, debemos derrotar al que aplasta pueblos y desafía las libertades democráticas. Él empezó el conflicto y seleccionó el campo de juego en el que nos desafía. Tiene que perder. O paga por lo que hace o volverá a repetir.

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Luego habrá que ocuparse de Rusia, ofrecerle ayuda económica importante a cambio de que construya una democracia más operativa,  separada de la corrupción. Es el modelo que se desarrolló en Alemania y Japón tras la II Guerra Mundial y que tan buenos resultados obtuvo. Entonces se tuvieron en cuenta las consecuencias de cerrar mal el primer gran conflicto europeo del siglo pasado y se evitó cometer los mismos errores.

Si consolidan un estado de derecho homologable y un desarrollo económico acorde con sus grandes posibilidades, China contará con un soporte menos en su afán de liderar el mundo desde el totalitarismo, los rusos  serán aliados naturales de la UE y se relacionarán de forma civilizada  con sus vecinos, con los que comparten historia y elementos culturales. En democracia es más fácil construir relaciones pacíficas. Buscarán la colaboración para poner en valor lo mucho que hay en común y evitarán la imposición, un vicio, heredado de regímenes autocráticos, que necesitan superar por su propio bien.

Putin cometió un error y un crimen contra la humanidad, pero abrió una oportunidad para mejorar el mundo en que vivimos, incluida la vida de los propios rusos.

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