El poder se concentraba tradicionalmente en los Estados, el aparato en terminología de mi ensayo. A su alrededor dominaban los nobles terratenientes. La evolución tecnológica y los mercados ampliaron el cupo de ricos con comerciantes, banqueros e industriales, hasta arrinconar a la nobleza. El tercer acumulador de poder, la palabra, la información, estuvo en manos de las religiones y sigue así en bastantes países.

Si un grupo controla uno de los tres grandes acumuladores de influencia social se complica la supervivencia de sistemas democráticos, basados en las libertades, la igualdad de derechos, el respeto a las normas y la competencia en los mercados. Cuando los privilegiados llegan a dominar dos acumuladores, los problemas son casi imposibles de erradicar, la paz y la democracia peligran. Es el caso de los países donde Estado y religión van de la mano, como vemos en Irán o en Israel.

Los Estados confesionales son fuente permanente de conflictos y tienden a animar posiciones colonialistas. Lo que nunca había ocurrido antes, es la gran concentración simultánea del dinero y  la información en manos privadas. Jamás personas particulares tuvieron el dominio que tienen los magnates de las grandes tecnológicas sobre los sistemas mundiales de tratamiento de datos, comunicación y relación (redes, software, IA). Operan por encima de fronteras, ganan decenas de miles de millones al año y son capaces de adaptar mensajes para cada receptor e influir con precisión creciente, gracias a la IA, en el comportamiento comercial y político. Como pone de manifiesto el dibujo de El Roto, que he elegido cómo imagen de la entrada.

Hace unos días, el Simposio Fiscal de la UE, reunido en Bruselas, nos recordaba que el 40% de la riqueza mundial está en manos del 1% más rico y que el 50% más desfavorecido tiene sólo el 1%. Eso lleva a proponer nuevos impuestos sobre el patrimonio, que la OCDE intenta extender a nivel internacional. No será fácil por la resistencia de países y políticos influyentes que defienden populismos varios para distraer a los que piensan poco. Reducir la excesiva concentración de riqueza es un tema que siempre ha estado sobre la mesa de gobernantes y teóricos de la economía, como Piketty o Stiglitz.

Esa concentración de riqueza es ahora más peligrosa para las sociedades libres, porque la parte más importante y creciente está vinculada al dominio de la información (datos Forbes al final de la entrada). Siempre ha preocupado la concentración de influencia en medios de comunicación y muchos países tienen sistemas públicos de radio y TV para dar alternativas. Así el poder de la palabra bascula de los ricos a los políticos, lo que también tiene riesgos. Hoy la información fluye por encima de fronteras y se ha vuelto aún más manipulable.

Los poderosos tienden a funcionar dentro de una elite de “conectados”, como prueba la sorprendente influencia que llego a tener el degenerado Epstein. Se reúnen en lugares exclusivos, que la irrupción de Mar-a-Lago ha hecho menos discretos, de la mano del histriónico millonario que preside la primera potencia mundial. Siempre han tenido facilidades para ponerse de acuerdo, ahora les preocupa sólo lo que dicen grandes Estados, pasan del resto. Una reunión de menos de 10 políticos y empresarios puede tomar decisiones que afectan a todos.

Si queremos salvaguardar las democracias es preciso combatir las acumulaciones de poder, nada nuevo. Se necesita hacer algo más que gravar los muy altos patrimonios con impuestos adicionales. Hay que tomar medidas en el ámbito del derecho de competencia para evitar concentraciones de oferta que reducen la capacidad de elección de los consumidores. Las libertades no se sostienen donde los mercados no funcionan, sobre todo cuando los oligopolios controlan los sistemas de información.

Urge que la UE, referencia mundial en defensa del estado de derecho, tome medidas. Ya ha movido ficha para evitar las deformaciones sistemáticas de información, lo que le ha acarreado críticas furibundas del Presidente Trump coordinadas con las de su “colega”, Elon Musk, la persona más rica del planeta, que llegó a decir que había que suprimir la UE. También convendría que ésta creara una red social pública independiente, por encima de los estados miembros, con un estatuto y medios que garanticen su neutralidad, como en su día hizo Reino Unido con la BBC. Además, para asegurar la competencia, habría que prohibir que si uno es propietario de un sistema vinculado a redes sociales pueda adquirir o desarrollar otro, como ya proponía en mi ensayo. Los magnates tienen ahora tal capacidad económica que pueden comprar competidores emergentes con facilidad.

Mayores patrimonios en 2026, según Forbes, dato en miles de millones de $ (1)

 Elon Musk (839 ): Fundador de Tesla y SpaceX  y dueño de X (antes Twitter) lidera la clasificación por un amplio margen.

Larry Page (257): Cofundador de Google.

Sergey Brin (237): Cofundador de Google.

Jeff Bezos (224): Fundador de Amazon y Blue Origin.

Mark Zuckerberg (222): Líder de Meta (Facebook).

Larry Ellison (190): Fundador de Oracle Corporation.

Bernard Arnault (171): Magnate del lujo (LVMH).

Jensen Huang (154): CEO de Nvidia.

(1) Todos están vinculados a nuevas tecnologías, salvo Arnault

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