Los defensores de un indulto para Pablo Hasél cuentan conmigo, pero no los que emplean la violencia. En el libro y en el blog defiendo la libertad de expresión, la madre de todas las libertades, la que más molesta al poder que le gusta tener el monopolio de lo que se puede o no expresar, para seguir mandando sin molestias. Allí hago una mención especial: “Los artistas deben disfrutar de libertad para expresar ideas y formas por encima de cualquier censura. Son una vanguardia social que sirve para superar prejuicios” (pg. 123).

Este rapero ha conseguido algo importante, ha contribuido a que se debata sobre los límites de la libertad de expresión en temas como el enaltecimiento al terrorismo o los insultos al Jefe del Estado. Hace falta ese debate, porque aún tenemos rescoldos de la vieja España inquisitorial. Ya no es una España negra, pero restan zonas grises, como las aludidas o las relativas a sensibilidades religiosas, que los grupos políticos y de opinión más tradicionales intentan gestionar a favor de sus ideas.

No estamos en Rusia, China o Birmania, que se aplican intensamente en reprimir disidentes. Tenemos una democracia a la que le falta poco para ser plena, precisamente por esos rescoldos del pasado. Otro debate actual que genera tensiones.

Respecto a la libertad de expresión mi libro es claro: “es menos malo pecar por exceso que por defecto. Al discurso se responde con discurso; con argumentos, no con censuras”. Lo dice en la última página del capítulo titulado “El Poder de la palabra” donde también se reproduce una frase, en la línea de Hasél, del provocativo cómico inglés Pat Condell: “La libertad de expresión es absolutamente sagrada. Mucho más sagrada que cualquier dios o profeta o escritura lo pudo ser o lo será desde ahora hasta el fin de los tiempos, o de la eternidad; lo que más dure”.  

En ese capítulo se resalta la necesidad de promover la tolerancia, la virtud social que ayuda a aceptar la disidencia y es el mejor abono de la libertad de palabra. Estamos escasos de ella, por la cultura heredada a la que ya he hecho referencia, por eso tendemos a escalar los conflictos. El empleo de la violencia por algunos de los que dicen defender a Pablo Hasél, además de totalmente injustificable, desacredita a los que la practican y da alas a sus enemigos más influyentes.

Aún nos hacen falta grandes dosis de tolerancia en muchos ámbitos de la sociedad española para asentar una auténtica libertad de expresión. Es imprescindible para evitar la permanente escalada de los discursos políticos, que tienden a convertirse, a la mínima, en auténticas guerras de religión. Una asignatura pendiente para enfrentarnos con eficacia a los problemas que la evolución del mundo y de nuestra sociedad nos ponen delante y que, por desgracia, tendemos a enquistar.

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1 comentario

  1. ¡ Oh, Libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre !
    Aunque no estrictamente en el sentido de quien y porque fue pronunciada, recurro a la conocida frase como introito a lo que sigue:
    Visto lo que un día si y otro también es dado ver, oír y leer, termina uno por no sorprenderse de nada. Aún así, me llamaría la atención que quienes estos días convierten calles y plazas de varias ciudades de nuestro país en campos de batalla, con las consecuencias directas e indirectas que hemos podido ver, merezcan un “cuentan conmigo”, con un “me gusta”, por parte de mi amigo Enrique Sáez. ¡ Hasta ahí podríamos llegar ! . Pero no es suficiente. Dichos acontecimientos, lo mismo que otros más o menos similares, no pueden despacharse sin una firme condena.
    Ese “cuentan conmigo” (contigo) es defendible respecto a quienes aboguen por el indulto (de Pablo Hasél en este caso), claro que si.
    También en favor de quienes abogan por el susceptible cambio de las Leyes vigentes que han llevado a sucesivas condenas judiciales del grosero rapero y, por fin, al comienzo de su cumplimiento, entre tanto sigue su encausamiento por otros presuntos delitos. Hasta ahí llega y debe llegar la libertad tan invocada. ¡ Faltaría más ! .
    Pero acogiéndome yo a esa misma libertad, cuyo significado no me gusta pervertir, rechazo que “los artistas deben disfrutar de libertad para expresar ideas y formas por encima de cualquier censura”. Es decir, que el derecho al honor, a la propia imagen y demás derechos fundamentales que ampara la Constitución, como no puede ser de otro modo, pueden ser conculcados impunemente en nombre de la libertad, si se mancillan cantando… Y todo ello porque “son una vanguardia social que sirve para superar prejuicios”.
    Creo firmemente que no debe haber nada que no esté sujeto a límites y que la transgresión de los mismos, independientemente de quien sea y a lo que se dedique el transgresor, atenta contra la libertad que se dice, demagogicamente, querer defender. No pasa de ser propaganda.

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