Nos jugamos mucho en los impuestos que (no) pagan muchas empresas multinacionales. La salud de las democracias se apoya en solucionar los problemas de la gente, que cada vez demanda más servicios públicos por el alza de la desigualdad y del envejecimiento de la población. Si no lo consiguen, se ponen las bases para que los populistas traten de imponer autocracias, prometiendo tiempos más felices.

A todos los países les aprieta el zapato, van a necesitar más ingresos fiscales y ya están muy endeudados. Como indico en el libro, empiezan a darse las circunstancias para que, por fin, se vean obligados a limitar la competencia fiscal y la autonomía de los pequeños paraísos fiscales.

No les queda más remedio, por lo que ya hay suficiente consenso sobre la necesidad de abordar el problema. La OCDE que agrupa a los países más industrializados, lleva años analizando el tema y dando datos sobre las ingentes cantidades evadidas. Acaba de publicar un informe con recomendaciones sobre medidas a tomar, incluida la de imponer un tipo mínimo del impuesto de sociedades.

El lunes termina el plazo para que los socios evalúen el documento. Inmediatamente después, deben empezar a trabajar para  alcanzar un acuerdo vinculante para todos los miembros del club, que incorpore un baremo de sanciones para los que no cumplan lo acordado. Luego vendrá la implantación, que no será fácil porque hay mucho texto que retocar, incluidos los numerosos convenios bilaterales sobre doble imposición.

Que las más grandes empresas paguen pocos impuestos es una injusticia manifiesta que pone en peligro las libertades civiles. La pérdida de recaudación es lo que preocupa, lo que aparece en los medios, pero hay otro aspecto del que no podemos olvidarnos porque es igual de importante: si las multinacionales tienen menos costes fiscales que las pymes, añaden otra gran ventaja competitiva a su mayor tamaño y disponibilidad de capital.

Si no conseguimos que todas las corporaciones paguen los impuestos que deben, además de retirar armas imprescindibles para luchar contra la desigualdad, estamos dañando la eficacia de los mercados al atacar el equilibrio entre competidores, beneficiando a los más grandes. Así  frenamos la renovación y limitamos la igualdad de oportunidades, fundamentos necesarios para tener una sociedad dinámica, donde pueda echar raíces la democracia.

Parece un tema técnico, pero gran parte de nuestro futuro se ventila en este desafío de los poderosos contra la justicia distributiva.

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2 comentarios

    1. Gracias Carlos, deberías leer el libro. Te interesará, especialmente el capítulo sobre el Poder del Dinero, donde hablo de esas cosas.
      No es muy largo y me dicen que fácil de leer (vengo del marketing, no de la academia).

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