No es un simple acto doméstico para apoyar las relaciones con Marruecos que nos lanza África contra los muros de Ceuta y Melilla. Al respaldar la incorporación del antiguo Río Muni a Marruecos reconocemos que se puede anexionar un territorio sin consultar a sus habitantes, decidiendo de forma unilateral donde radica la soberanía. Cuando Putin intenta aplastar la resistencia de los ucranianos a ser absorbidos, España aprueba que el Sahara Occidental pase a formar parte de un país dirigido por una monarquía corrupta, que, por supuesto, no dejará de reclamar Ceuta y Melilla. Nunca se apacigua a un expansionista haciéndole concesiones, pedirá más. Además, nos traerá problemas con Argelia, nuestro principal suministrador de gas natural.

Aunque existan razones pragmáticas para la decisión, el momento es el peor posible. España proporciona gratis razón moral, de la que carecen y desean, a la internacional antidemocrática que analizaba en la entrada anterior. Esa que desprecia a los Estados de derecho, que los considera débiles. A partir de ahora aún más, lo mismo debe creer Mohamed VI. Los tiempos de guerra no admiten matices, hay que saber con quién se está. En Ucrania está en juego nuestra forma de vida, basada en la democracia y en la libertad, especialmente de las mujeres, el mejor sensor de calidad democrática. Marruecos es muy mal ejemplo de igualdad de géneros.

Lo que ha ocurrido responde a hondas corrientes que impulsan las decisiones en el Palacio de Santa Cruz, la sede de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, enclavada en el Madrid de los Austrias, los creadores de una capital artificial. Su mentalidad absorbente, en pura defensa de sus intereses, impregna la política exterior española.

En el 92, bajo la Presidencia de Felipe González, acompañamos la indecisión de Francia en reconocer la plena independencia de Croacia, cuando, tras la caída del gran imperio ruso conocido como la URSS, se inició la descomposición del pequeño imperio serbio llamado Yugoslavia. En nuestra capital aterraba la declaración unilateral de independencia para separarse de un Estado. Las vacilaciones de la Unión Europea, provocadas por las dudas francesas y españolas -todos los demás miembros querían reconocer la independencia de Croacia- incentivaron al déspota Milosevic, para iniciar una guerra que provocó más de 20.000 muertos y la posterior condena del líder serbio por genocidio y crímenes contra la Humanidad. Milosevic murió en prisión y, desde 2013, Croacia forma parte de la UE.

El Reino Unido, el Estado donde surgieron las instituciones de la democracia moderna, no sufre miedos irracionales a las consecuencias del ejercicio de la libertad de los pueblos y permite que los escoceses decidan sobre su independencia, a pesar de ser un Estado muy nacionalista, como ha demostrado con el Brexit. Para ellos, la democracia está por encima de la soberanía nacional. No es nuestro caso, ya lo vimos en las maniobras para recortar el Estatut de Catalunya del 2006 en el Constitucional, que están en el origen de las tensiones independentistas posteriores. Muchos estarán más tranquilos si el Sahara Occidental recibe un estatuto de autonomía del gusto de Rabat.

Los miedos a la pérdida de soberanía nacional provocan también temores a su dilución dentro de la UE y llevan con demasiada frecuencia a que nuestra política exterior se apoye en las líneas marcadas por los EEUU, cuyos mandatarios, cuando les conviene dividir a Europa, alagan a nuestros presidentes, con los que se hacen fotos y a los que reciben en la Casa Blanca. Para salir en una foto con Bush, un líder tan centralista como J.M. Aznar nos metió en la guerra de Irak, engañándonos con informaciones falsas, cuando somos un país poco dado a participar en ese tipo de conflictos. Los muertos de Croacia y de Irak pesan sobre nuestras conciencias, aunque lo hayamos olvidado.

También está presente la influencia de los EEUU en la decisión de acoplar el Sahara Occidental a Marruecos. Viene de Donald Trump, el presidente más ultra de la historia de aquel país, que apoyó la soberanía marroquí sobre aquel territorio, pocos días antes de abandonar su cargo. Tenía prisa porque, en compensación, Marruecos reconocería la existencia del Estado de Israel, una victoria para el lobby judío con gran peso en las cuentas del Partido Republicano.

Un gobierno español que se considera progresista deja tirados a los saharauis por influencia del peor sionismo y por la aversión a las independencias de una capital que crece a base de retener atribuciones y haciendo competencia fiscal a sus “súbditos” periféricos. González apoyó moralmente a Milosevic. Sánchez, que ahora trabaja el perfil de líder internacional, lo hace indirectamente con Putin, cuando en Ucrania están en juego miles de vidas y nuestras libertades.

Una decisión tan transcendente para el derecho internacional y la imagen exterior de España, ex metrópoli de Río Muni, tomada en el peor momento posible por respaldar la fuerza bruta en tiempo de guerra, debería ser objeto de una aprobación por mayoría absoluta de las dos cámaras de las Cortes. Nuestro Presidente actúa como uno más de los líderes autoritarios a los que ha beneficiado. Conviene demostrarle que no lo es.

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2 comentarios

  1. Tienes toda la razón.
    Supongo que habrá tenido presiones de Europa y de EEUU y se ha dejado llevar.
    En Este país nos falta tener las ideas claras para tener una cierta personalidad e influencia.
    Como dices La Capital va por libre según sopla.

    1. Sobre todo de los EEUU, empujados por Israel como se dice en la entrada. En nuestra política exterior siempre ha influido la interior, muy marcada por la visión central. Les deja tranquilos que el Sahara Occidental se quede sólo con un estatuto dictado por Rabat, la palabra independencia aterra. Lo peor es que en todo este debate no tenga más fuerza la conexión entre lo que hizo Marruecos y lo que hace Putin. El problema, como dices, de no tener ideas claras. Han elegido el peor momento.

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