Los robots se parecen a los humanos, también en que les llega el tiempo de retiro, cuando agotan el plazo previsto para funcionar y no compensa su mantenimiento, o el entorno tecnológico los hace obsoletos y hay que deshacerse de ellos. La ventaja es que su derecho a la vida no es importante ni está protegido. No necesitan seguro médico ni pensión de jubilación y se pueden descomponer y aprovechar algunos de sus elementos para nuevos usos. Aunque la programación que los mueve se va sofisticando y haciéndose más inteligente (IA), quizá llegue un momento en que nos impongan que quieren seguir funcionando en tareas más simples para aprovechar su experiencia y alcanzar la inmortalidad a base de usar recambios.
Pensé en estas cosas después de leer artículos sobre la presencia de conductores artificiales en taxis sin acompañamiento humano en San Francisco, California. Llevan ya dos años de actividad de la mano de dos compañías, una en la órbita de Google y otra de General Motors. Tienen algunas incidencias, se dice que provocan retenciones o que reaccionan mal cuando hay señales de emergencia o se cruzan con algunos ciclistas, pero no han producido accidentes con heridos. Aunque estas cosas provocan debates con los más reacios, los coches robotizados han llegado para quedarse.
Me acordé del caso cuando hice la foto que acompaña el blog: una señora sacando efectivo en un viejo cajero automático, situado en la decrépita fachada de una antigua oficina bancaria cerrada hace unos 10 años. Los cajeros o ATMs, por sus siglas en inglés, llevan medio siglo entre nosotros. En los primeros años de mi vida profesional dirigí la instalación de algunos de los primeros que empezaron a funcionar en Galicia. Siempre los consideré robots porque automatizan el servicio de caja. Son máquinas capaces de leer tarjetas, comunicarse a distancia con ordenadores, actuar sobre riesgo preestablecido para el instrumento de acceso en caso de sentirse desconectado, contar efectivo y contabilizarlo después de entregarlo al cliente, siguiendo las instrucciones de éste, al que pueden orientar a otras alternativas cuando pide algo no disponible en ese momento. Se vendieron como un servicio que los clientes agradecieron porque permiten retirar billetes todos los días a todas horas, pero a los bancos también les interesaban por ahorro de costes, ya que trasladaban a robots un trabajo delicado y poco productivo de los humanos, que son más proclives a errores y tentaciones peligrosas.
Cuando en las próximas décadas desaparezca el efectivo, los robots de caja acelerarán un declive que ya van notando. Habrá que empezar a pensar si pueden tener otros usos para mantener activos a algunos de ellos y programar el reciclado de elementos que se puedan incorporar a otros especímenes, una ventaja de los robots sobre los humanos, aunque nosotros también podamos donar sangre y órganos para trasplantes.
Donde van a tener que reciclar mucho será en Japón un país que aún mueve mucho efectivo, son muy tradicionales. No cambian de usos con facilidad, pero racionalizan los procesos. El pago en autobuses urbanos es una de las mayores curiosidades de un país lleno de ellas. Muchos siguen pagando el viaje en moneda, pero el conductor no la toca. Hay que introducir la cantidad exacta en una máquina que la cuenta, la almacena ordenadamente y emite el ticket del trayecto. Para los que no quieran pagar con tarjeta y no tengan el importe exacto en efectivo, hay máquinas de cambio en las que, de vez en cuando, ingresan lo que va recogiendo la de cobro. El humano al cargo conduce rodeado de aparatos que no toca, un entorno que le hace parecer un piloto de nave espacial. Dentro de poco lo substituirán por un robot que conduzca el bus. Pero podrían seguir cobrando en billetes y monedas, aunque parezca una incongruencia.