Los gobiernos de José María Aznar coincidieron con tiempos de alegría económica, impulsada por la favorable apertura internacional que siguió a la disolución de la URSS y la entrada de España en el euro con la consiguiente bajada de tipos de interés a cifras impensables para nuestra inflacionista historia.
El marco era favorable para la especulación inmobiliaria, que en España contaba con larga tradición por el peso del sector construcción en la política y la economía. También trajo una etapa de mucha corrupción pública, con los casos Bárcenas y Malaya como escándalos más representativos. La burbuja estalló años después y se llevó por delante a casi todas las cajas de ahorro. El peor caso fue Bankia, producto de la fusión de Caja Madrid con la valenciana Bancaja y otras más pequeñas, presidida por Rodrigo Rato, antiguo vicepresidente económico de Aznar. El fin del todo vale tumbó aquella cofradía del dios ladrillo, que costó más de 25.000 millones de euros a los españoles.
En los años de alegría especulativa, Aznar, poco dado a la prudencia y con nula capacidad autocrítica, ejercía de sumo sacerdote y se atrevía a todo, desde la boda de su hija en El Escorial con asistentes y liturgia propias de la realeza, hasta poner en marcha autopistas radiales, a mayor gloria de la capital, que luego hubo que rescatar con más de 1000 millones de dinero público, al quebrar las concesionarias de aquella sinrazón.
Nuestro iluminado presidente siguió al gran profeta de la alegría bursátil, el presidente George W. Bush, que determinó invadir Irak en 2003 para liquidar al dictador Sadam Hussein, sin autorización de la ONU y contra el criterio de la Unión Europea, alegando que representaba un peligro inminente por disponer de un arsenal de “armas de destrucción masiva”. Como luego se demostró, la disculpa era mentira, pero consiguió el apoyo tanto el Reino Unido de David Cameron, tradicional socio de los yanquis, cómo de la España de J.M. Aznar. En desastre duró diez años y dejó un país con demasiado peso del Estado Islámico.
Los españoles, cómo vemos ahora con la nueva aventura de los EEUU de Trump en aquella complicada parte del mundo, no son nada partidarios de las guerras y la mentira de Aznar sobre las armas de destrucción masiva se le vino en contra. Situación que empeoró con otra sesgada mentira: atribuir a ETA, en plena campaña electoral, los atentados contra trenes de cercanía de Madrid del 11 de marzo del 2004 (192 muertos). Aunque se hizo evidente que era obra de Al Qaeda, inducida probablemente por la participación de la España aznarista en la invasión de Irak.
Tanta mentira le costó al PP las elecciones, días después de los atentados, y abrio camino al gobierno de Zapatero. El problema del principal partido de la derecha es que no ha hecho autocrítica y aquello aún le pesa demasiado. Se opone a la guerra de Irán, pero parece tener dudas y encontrar razones para castigar a los ayatolas, que las hay. No respalda la clara posición del gobierno. La tibieza de respuesta viene condicionada, de un lado por Vox, su competidor en la franja más extremista del electorado, claramente favorable a los ataques de los EEUU e Israel. Por otro, tiene la presión de la rama madrileña, influida aún por Aznar y su gente, sobre todo Miguel Ángel Rodríguez, oráculo de la presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso.
Aznar sigue siendo un peso incómodo para el PP. Es el único de los tres líderes que firmaron el compromiso de las Azores para invadir Irak, que no se ha disculpado por una guerra cruel, injustificada y fracasada. Bush y Cameron hace tiempo que lo hicieron. Su testarudez y su influencia en el importante centro geográfico del partido le están dejando el centro político a Pedro Sánchez que lidera la posición antibelicista a nivel mundial, en consonancia con lo que desea la gran mayoría de su pueblo.
Resulta patético ver al partido conservador y a sus extremistas correligionarios de Vox atacando la legislación sobre la eutanasia o sobre el aborto, llevando el celo religioso de defensa de la vida a extremos terribles, como el ensañamiento que tuvo que sufrir durante casi dos años Noelia del Castillo, hasta lograr la muerte digna que deseaba. No parecen tan preocupados de que Israel masacre palestinos o libaneses, o de que las fuerzas aéreas de los EEUU bombardeen una escuela en Irán y maten a 168 personas, muchas de ellas niñas. Quizá les pesen los siglos de la Reconquista contra los musulmanes. Son personas, pero de menos valor. Mientras el PP no encierre a Aznar y sus seguidores bajo llave, Sánchez puede seguir de Presidente.