El Estado más extenso del planeta mantiene influencia histórica allende fronteras, donde habitan minorías de cultura rusa, restos de lo que fue su imperio terrestre. Vladimir Putin ha empleado esta situación para reforzar el nacionalismo ruso, promoviendo la autonomía/independencia de algunas hijas de la familia. Procesos a los que hemos hecho referencia en otras entradas: Chechenia, repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia en Georgia, Crimea y el Donbás en Ucrania, o Transnistria en Moldavia. Rusia tiene un enclave en la propia Unión Europea, Kaliningrado, con 223 km2 y 437.000 habitantes, situado en la costa del Báltico, entre Polonia y Lituania.

Además de estas hijas, actúan como parientes consanguíneos algunos Estados de la zona. Lo vemos con Bielorrusia, cuyo totalitario presidente, Alexander Lukashenko, es fiel a Putin y ha ofrecido su país como plataforma para el asalto a Kiev, mientras el nuevo zar le echa cara y pide a Occidente que no “internacionalice” el conflicto.

También hay vecinos que se sienten próximos a la familia, como Bashar El Assad, el dictador sirio que debe su supervivencia a las tropas que le mandó Putin, en 2015, para ayudarle a aplastar cruelmente una rebelión popular que pedía democracia. Parece que El Assad quiere devolver el favor y enviar mercenarios sirios para luchar junto a las tropas rusas en Ucrania.

En una entrada anterior analizaba la Internacional Antidemocrática que combate, de forma cada vez mejor coordinada, a los países democráticos, porque no toleran que los pueblos puedan vivir en libertad. La familia rusa y adláteres son los más agresivos de sus miembros, siempre tienen razones para ampliar territorio, a pesar de que les sobra superficie.

 El caso de Serbia

Entre los parientes eslavos de Putin hay uno que hay que vigilar de cerca, el Presidente de Serbia Aleksandar Vucic, que antes fue primer ministro y orienta la política de su país desde el 2014. Está muy próximo a él el líder de los serbiobosnios, Milorad Dodik. Ambos están intensificando los esfuerzos para desestabilizar Bosnia y Herzegovina y también Montenegro y Kosovo. Ya no pueden hacer nada para volver a dominar otros vecinos, Eslovenia y Croacia, que estuvieron en sus manos y ahora forman parte de la Unión Europea.

Serbia evoluciona hacia una autocracia, como todos los países muy nacionalistas que encabezaron un imperio terrestre, aunque fuera pequeño. Está muy pendiente de lo que pasa en Ucrania para intentar en su área de influencia algo similar a lo que hace allí Vladimir Putin. A pesar de que, desde 2012, Serbia es candidata a entrar en la Unión Europea, en los últimos años está recibiendo creciente apoyo económico y militar de Rusia. Nunca tuvo tanta proximidad al gran hermano eslavo, ni en tiempos de Slobodan Milosevic, el hombre que provocó la sangrienta guerra y el genocidio que siguió al desmantelamiento de Yugoslavia.

En una carta en The Economist, la semana pasada, la Presidenta de Kosovo, Vjosa Osmani nos advertía del peligro quesupone Vucic si no se consigue parar en Ucrania a su ídolo ruso . Es la única mujer en liderar una de las repúblicas en las que se dividió Yugoslavia. He intentado traducir lo mejor que he podido algo de lo que decía y que me parece importante:

El apaciguamiento de autócratas hoy sólo sirve para envalentonarlos mañana. Las concesiones a los tiranos nunca son temporales ni traen una paz duradera…Esta guerra es la forma en que el Sr. Putin pone a prueba al mundo democrático y un intento de romper su espíritu. Sin embargo, nos ha unido como no pasaba en décadas. La manera en que todos continuemos respondiendo – países grandes y pequeños- no sólo definirá el futuro de Ucrania, sino el de Europa y el mundo. Cualquier respuesta que demos no se dirige sólo al pueblo ucraniano, también expresa la clase de mundo en que queremos vivir y el mensaje colectivo que enviamos a todos los autócratas.”

Tuve presentes estas palabras cuando analizaba, en la entrada anterior, la decisión de mi país de apoyar la anexión del Sáhara Occidental por parte de Marruecos. Un refuerzo moral indirecto, procedente de un país democrático, a la agresión rusa en Ucrania. Terminaba así su carta la señora Osmani:

“Los sucesos en Ucrania nos recuerdan que nunca debemos permanecer indiferentes frente a la autocracia o cuando nuestros valores y aliados son amenazados. No va de “nosotros” o “ellos”, es un recordatorio de que la amenaza a la democracia en un territorio es una amenaza a todos nosotros.

En nuestra parte del mundo, la paz y la estabilidad han sido logradas con enorme sacrificio, incluyendo la pérdida de muchas vidas inocentes. Debemos hacer todo lo posible para mantenerlas, lo que significa decir la verdad cuando nos enfrentamos a agresiones diarias de nuestra vecina Serbia”

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