En Estados Unidos el patriotismo se define en varios ejes interrelacionados, entre ellos: la religión (in God we trust) –incluye desconfianza de las teorías científicas que supuestamente la contradicen, como el evolucionismo de Darwin-, el amor a las armas (de casa y del Estado) y el neoliberalismo que cubre los excesos de la oligarquía. Hay además una creciente concentración de poder en el ejecutivo, muy favorecida por el actual Presidente y, desde hace tiempo, por lo que llaman Estado Profundo, apoyado en los servicios secretos y el dinero empresarial, especialmente en la parte a la que el Presidente Eisenhower llamó “complejo militar industrial”. A Montesquieu le costaría encontrar allí, ahora, rastros de los equilibrios de poder que defendía y que influyeron mucho en los orígenes de la primera democracia moderna.

También está la influencia de Israel, con gran peso del Likud, el partido sionista. Hay un fuerte lobby judío que sabe como engrasar los resortes para mover decisiones en Washington. El sionismo es casi un elemento más de la esencia nacional americana, podemos considerar a Israel como un difuso Estado número 51. Consiguen casi todo lo que se proponen, desde grandes sumas de dinero destinadas a la compra de armas hasta intervenciones militares al servicio de sus intereses en una zona tan conflictiva como es Oriente Medio.

En plan caricatura, se podría decir que los líos en que se ha ido metiendo Estados Unidos en la zona en los últimos tiempos, desde Irak a Siria, pasando por Libia o Afghanistan, responden a la confluencia de dos elementos: el interés de Israel y la ineptitud de ese Estado Profundo, que, a base de acumular poder y autojalearse, ha sido afectado gravemente por lo que defino en el libro como “mediocridad invasiva”.

Ahora toca anexionarse otra porción de Cisjordania ya ocupada por asentamientos judíos con la aquiescencia yanqui y la condena de muchos. Al señor Netanyahu, aferrado al poder en coalición con un partido de centro, le parece que ha llegado la hora de continuar con su política expansionista,. La vende en el contexto de un “plan de paz” que la otra parte, la autoridad palestina, rechaza con el apoyo de la vecina Jordania. A Netanyahu le viene bien un lío bélico-terrorista al servicio de las grandes causas nacionales, como Putin en Crimea o Erdogan en el norte de Siria.  Pretende distraer a la opinión pública de su inmediata comparecencia ante el juez, acusado de soborno, fraude y abuso de poder.

Mi libro es una reflexión sobre eso último, el abuso de poder, y sobre los medios para intentar evitarlo en la enorme, compleja e interconectada Humanidad del S XXI. En su Presentación (pg 14) intento resumir lo que sienten los que, como los citados, acumulan mucha capacidad de decisión: “Si el poder no puede ser arbitrario, ¿para qué demonios sirve?” Piensan, aunque no lo digan, los que se afanan en disfrutarlo… El ejercicio de funciones públicas rígidamente sometidas al imperio de la ley, con normas bien implantadas de transparencia y supervisión, es aburrido y poco rentable. Lo que interesa es el grado de arbitrariedad del que se dispone para hacer lo que se quiera.

Seguiremos denunciando nuevos casos, incluidas versiones light como algunas de nuestro Estado de alarma, con síntomas de mediocridad invasiva. Sigo sin entender por qué los niños de El Hierro no están en el cole. En países como Francia o Alemania la vuelta a clase es una prioridad, deben tener otros expertos.

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