El dictador de Bielorrusia sigue en el poder después de amañar, una vez más, unas elecciones. Todas estas liturgias liberales le parecen una pérdida de tiempo, él se considera el líder indiscutible de su amado pueblo. Su referencia política no es la democracia, sino la URSS en versión Stalin, la más dura. Pero los tiempos han cambiado mucho desde entonces.

La Unión Europea no reconoce el resultado electoral e intenta presionarle mediante sanciones comerciales para que se comporte de acuerdo a parámetros más cercanos a los de un estado de derecho. Es difícil que consiga algo, porque el amigo Putin está ahí.

En la práctica, la Bielorrusia de Aleksandr Lukashenko se ha convertido en una región de Rusia, donde el ruso y el rublo son oficiales, aunque tengan su versión local. Un ejemplo más de lo difícil que es desmontar los antiguos “imperios terrestres”, como explico en el libro y como ocurre también en Turquía, con un líder en la misma línea.

Ambos dirigentes eslavos, que modificaron sus constituciones para poder permanecer indefinidamente al mando, están débiles. De hecho, los problemas económicos han obligado a Rusia a dejar de venderle a Bielorrusia gas y petróleo a precios muy bajos. Era una ayuda inestimable para Lukashenko que ya no puede permitirse el nuevo zar. El covid-19 ha agravado la situación, al dañar a unas poblaciones muy envejecidas.

Las protestas en Minsk, la capital donde viven el 20% de los bielorrusos, siguen activas, aunque desorganizadas. El aparato estatal, modelo soviético, es fiel al líder, especialmente el ejército, la base de la autoridad de un Presidente que sólo necesita las urnas para ponerse un maquillaje democrático. Pero los problemas de los dos amigotes se continuarán traduciendo en descontento popular, intermitente pero creciente, con movilizaciones y huelgas. Especialmente en las ciudades más grandes, que tienden a liderar la lucha por las libertades, también en Rusia.

Putin tiene una nueva patata caliente en el que está siendo su anno horribilis, cuando lo había elegido para ser el de su coronación como gran padre de todas las Rusias. Probablemente le gustaría un relevo controlado de Lukashenko por un líder afín, pero la cosa ha llegado demasiado lejos y puede escapársele de las manos. Lo que realmente le apetece es absorber Bielorrusia, a la que considera parte de su territorio nacional, como hizo con Crimea. Pero está demasiado acorralado y teme no tener capacidad económica para soportar nuevas sanciones y tensiones militares.

El gallo ruso sigue siendo taimado, aunque le fallen los espolones. Quizá sólo busca ganar tiempo. En este blog, siempre preocupado por los desafíos a las libertades democráticas, le hemos analizado varias veces, las últimas en las entradas del 26 de junio (El gallo taimado vuelve debilitado, pero sigue siendo peligroso) y 7 de julio (Mucho ruso en Rusia).  

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Puede que el taimado y violento Putin haya aprovechado el lío en Bielorrusia para deshacerse de su principal opositor en casa, Alexei Navalny. Un problema puede distraer la atención de otro. No me sorprende que la rival de Lukashenko en las recientes elecciones presidenciales –Svetlana Tijanovskaya-, se haya apresurado a buscar refugio en Lituania, sabe que su Presidente también es capaz de cualquier cosa para seguir en el poder.

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