El primero es un presumido gallo feudal, acostumbrado a someter gallinas y hablar prioritariamene con sus congéneres de sangre azul, con los que gusta de compartir oscuros negocios. El príncipe saudí Bin Salman, subido al poder del petróleo y convencido de que su puesto proviene de una decisión divina, ha decidido bajar a la arena y aumentar la producción, cuando cae la demanda por los efectos económicos del covid-19. Los precios se han desplomado.

El desafío se dirige contra un gallo taimado. Rusia necesita el petróleo como el aire que respira. Todo su poderoso músculo militar y, con él, sus afanes de potencia imperial penden de un hilo, que se corta si el petróleo se mal vende. Ahí ataca el saudí, enrabietado por la negativa del Presidente ruso a cortar la producción, como ha acordado la OPEP para intentar parar la caída de precios.

El primero ataca abriendo el grifo para doblegar a Vladimir Putin en un mal momento para él, centrado en asegurar un gran boato en las ceremonias organizadas para proclamarse zar perpetuo.  Cara al interior, lo del coronavirus y el desplome de los mercados de crudo lo puede vender como “desafíos exteriores” que justifican un sistema más autocrático en torno al líder de la patria. Pero el rublo sufre, la pandemia está ahí y la Gran Madre Rusia tiene una población muy envejecida, empapada en vodka y con ingresos justitos. Putin tiene miedo de una imprevista situación muy degradada que provoque la abstención masiva en su referéndum de entronización, previsto para el 22 de abril, justo el día en que se cumplen 150 años del nacimiento de Lenin. Falta sólo un mes pero, con la pandemia por medio, le va a parecer un siglo.

Aun así, no esperen una reacción directa del ruso. Se moverá por detrás buscando deblititar la influencia de Arabia en la zona. El ex agente del KGB usará su creciente influencia en la región, donde aspira a relevar el papel de los EEUU, para apoyar a los enemigos de los sauditas en Oriente Próximo, Irán y Yemen. Los jeques deberían preocuparse de no sufrir nuevos atentados en sus instalaciones petroleras.

Entre los dos corretea el gallo payaso, tratando, como siempre, de distraer al público mientras envía a sus diplomáticos para mediar en la pelea y evitar que la sangre llegue al río. A Trump le están llamando, desesperados, sus grandes financiadores tejanos , que ven cómo, con los precios actuales del petróleo, sus enormes inversiones en fracking están en pérdidas. La lenta reacción del payaso ante el coronavirus, aleteando como si no pasara nada, le complica el favorable entorno electoral que tenía para su reelección. Va a necesitar invertir mucho en la campaña y no se puede permitir perder apoyos financieros.

Esto es una pelea de gallos con un árbitro disperso que añade más incertidumbre. En este tipo de espectáculo se admiten apuestas. ¿Aceptará Putin un recorte de la producción de petróleo? ¿Cuándo?  

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