El Días das Letras Galegas conmemora la publicación de Cantares Gallegos de Rosalía de Castro, el 17 de mayo de 1863. Era la primera obra importante en nuestro idioma después de siglos apartado del uso culto, cuando había sido el primero de la península en tener ese empleo, tras la salida de Roma y la decadencia del latín. Aquel gallego inicial se escindió en dos trayectorias cuando Portugal se separó del Reino de Galicia. Una viajó por el mundo de la mano de un país con vocación navegante. La rama norte quedó aislada, sometida a la presión del castellano y a la decadencia en prestigio social.

La historia de la recuperación del gallego en la edad contemporánea se puede describir en fases. Rosalía abrió la primera, el resurgimiento como lengua culta. La segunda llega con la Constitución y el Estatuto de Autonomía, cuando el gallego se convierte en cooficial y entra en los programas de enseñanza. Además, nuestro idioma cuenta con una ventaja que no tienen los otros idiomas periféricos, como el vasco o el catalán, mantiene mucha proximidad con el portugués, al menos para la comunicación oral, lo que representa una gran oportunidad. Llega el momento de impulsar una tercera fase de su historia moderna: la internacionalización.

Sería muy importante en el plano cultural, y de competitividad y desarrollo económico, que la juventud saliera de la escuela con suficiente dominio del gallego, el castellano y el portugués, que emplean 300 millones de personas en el mundo – más que el francés, el alemán o el ruso- y que es oficial en la Unión Europea. El plurilingüismo desarrolla en los jóvenes la capacidad de aprender idiomas, es una riqueza que facilitaría también el aprendizaje del inglés, la lengua franca internacional.

Hay una extendida consciencia de esta realidad. La mejor prueba es la Ley Valentín Paz Andrade de 2014, aprobada por unanimidad en el Parlamento de Galicia, que pretendía poner las bases para ese acercamiento al portugués, como propugnaba el insigne galleguista que le dio nombre. Pero ha fracasado por una sola frase de su artículo 2 en el que se indica que la Xunta debe promover el estudio del idioma hermano “… en el ámbito de las competencias en lenguas extranjeras…”. O sea que hay que enseñar portugués como si fuera chino en lugar de una variante de un tronco lingüístico común.

Este blog está interesado en analizar las limitaciones a la convivencia y desarrollo humano que impone el modelo predominante de estado nación, defensor de unidades homogéneas e inercias burocráticas, cuando no de viejos imperios a recuperar, como intenta Rusia ahora. El arraigo de los hábitos democráticos en España y la construcción de una Europa más unida ayudan ahora a ser más abiertos y disfrutar de las oportunidades para internacionalizarse.

En Galicia tenemos una ocasión única de la mano del gallego. Como, dentro del Estado, es específica y diferente aprovecharla exige vencer muchas inercias. No es fácil, hay que superar el excesivo predominio del español en todos los ámbitos y las resistencias de intereses corporativos de profesores o académicos. Limitaciones heredadas de un pasado cerrado y defensivo. En Galicia el portugués no es una “lengua extranjera”, hay que enseñarlo desde el gallego para hablarlo en pocos meses. Nuestro idioma tiene mucho futuro si olvidamos hábitos de tiempos imperiales. Necesita un “encuentro en la tercera fase“ con el portugués, que hará más fácil llegar a la fase final de recuperación del idioma: la normalización de su empleo en todos los ámbitos.

Escribía esta entrada el lunes cuando supe del infarto cerebral que el miércoles 18 provocó el fallecimiento de Domingo Villar, el más internacional de los escritores que emplean el gallego. Una gran pérdida para todos, especialmente los que somos sus lectores. Autor de una serie de obras inolvidables, traducidas a varios idiomas, donde su protagonista, el culto inspector Leo Caldas, desvela asuntos complejos en torno a la Ría de Vigo. Observo que varios obituarios, dedicados a él en la prensa, aparece la palabra derradeiro, un adjetivo que compartimos con el portugués. Significa último definitivo, un último que no se puede repetir. No habrá más novelas de Domingo, pero las que escribió seguirán imprimiéndose, leyéndose y haciendo más ricas muchas cabezas, sembrando en ellas misterios con sabor a mar.  

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