Preocupan las dificultades de Francia para funcionar bien, un vecino influyente y referencia básica para la Unión Europea. Sus problemas tienen raíces profundas, viejas tradiciones chocan con un presente difícil de encajar en ellas. El problema principal es que tiene un Estado demasiado grande, muy centralizado y manejado por una elite funcionarial formada en la ENA (École National de Administration). Esta escuela de servidores públicos exige, para acceder a ella, superar una selección dura y prepara muy bien a los que después van a dirigir una Administración poderosa e incluso ocupar la Presidencia o la jefatura de gobierno, como ocurre con frecuencia. Gente valiosa y respetuosa con el modelo que les da acceso a posiciones de alta responsabilidad. 

El poderoso aparato público está muy centralizado, a pesar de los intentos de regionalización, que quedan como ejercicios para la galería y dan lugar a organismos diversos (regiones, departamentos, comarcas, aglomeraciones…) sin mucho impacto real, pero que aumentan el gasto. Por no hablar de los municipios, que siguen en torno a los 35.000, les deben sobrar unos 30.000 para que realmente puedan ser eficaces. Intentan fusionarlos, pero muy despacio, como aquí. Los altos funcionarios son conscientes de que la situación se vuelve insostenible, pero no son capaces de abordar cambios, carecen de un modelo alternativo. Los problemas les desbordan, como acabamos de comprobar con el robo de joyas históricas en el museo del Louvre o visualizar con la entrada en prisión del expresidente Nicolás Sarkozy.

El Estado francés es enorme, el gasto público consumió en el 2024 el 57,1% del PIB (España 45,1%), no puede crecer más. Es resultado de siglos de monarquías absolutas y repúblicas a las que el pueblo pide de todo. Ese es el segundo gran problema: ante cualquier dificultad los franceses se echan a la calle, paran el país y exigen gasto público. Lo acabamos de ver con el intento del gobierno de aumentar la edad de jubilación (62 años ahora, en España la media es 66,5), para reducir pensiones y dar algo de respiro a las arcas del Estado. Para poder ser ratificado por el parlamento en el segundo intento, el primer ministro propuesto por el Presidente Macron, Sebastien Lecornu, renunció a intentarlo, ante las huelgas y manifestaciones que le montaron.

A esta situación de bloqueo, que impide revertir la permanente expansión del aparato burocrático para reducir el alto nivel de déficit (5,8% sobre PIB en 2024) y deuda pública, se añade la difícil integración de la enorme población inmigrante, mayoritariamente de origen norteafricano. Un desafío a la fuerte identidad nacional que promueve el ascenso del ultraderechista Frente Nacional, liderado por Marine Le Pen, prometiendo combatir la inmigración y la identidad religiosa musulmana, y reducir el peso de la Unión Europea. Es decir, más Estado.

España tiene también exceso de organizaciones públicas y debería reducir mucho el número de municipios, darles un carácter comarcal y eliminar el escalón provincial que no tiene cometido suficiente en el régimen autonómico. Pero las autonomías, cuyo sesgo federal es muy criticado en el centro-sur, nos protegen de caer en el pozo francés, en el centralismo absorbente que gusta a Vox, a muchos del PP y también a las izquierdas más tradicionales, y que siempre es más caro.

Francia tiene que cambiar a fondo, pero no les veo con capacidad de hacerlo, la tendencia a tener cada día más Administración es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos todos, ellos por delante, y es la causa que impide a los Estados adaptar la forma en que se organizan a las nuevas realidades, incluida la UE. Los graves problemas de nuestros vecinos vienen de lejos, me lo dejó claro el libro que reproduzco abajo y que leí hace 20 años, escrito por un gran conocedor de su país, Nicolás Baberez, discípulo de la ENA, abogado, historiador y editorialista de Le Figaro.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *