Lo que tienen ahí es el Cuartel de Atocha de A Coruña, un gigantesco edificio de cuando el ejército se situaba en el centro de las ciudades, en parte por si había que controlar una sublevación popular. Con otros edificios anexos, ocupa 9 hectáreas. Su fachada principal, de estilo  neoclásico (1864), tiene 176 metros de largo. El fondo es de 60 metros. Llegó a albergar a casi 4000 soldados.

Magnífico inmueble en el centro de una ciudad donde escasea la vivienda, especialmente de alquiler. Hasta ahora abrigaba la Dirección de la Fuerza Logística y Operativa del Ejército, que va a ser trasladada a Sevilla. Aún así, el personal que lo ocupaba nadaba en espacio vacío. Después de esto, y a salvo de lo que les dé por inventar, ese vacío va a ser muy presionante, quedará alguna función residual de discutible relevancia para un sitio tan grande, como el Centro de Historia y Cultura Militar del Noroeste.

El Estado es flojo tomando iniciativas que afectan al cambio de uso de los edificios y su traslado a otra institución. Por no hablar de la posibilidad de venderlos, considerada por algunos como delito de lesa patria. El principal peligro que tiene esto es que cuando un inmueble pierde el destino para el que fue creado empieza una especie de concurso de ideas para darle una nueva utilidad pública. Al final se suele inventar algún uso, más o menos afortunado, para el que aparentemente no había demanda. Se expande así el capítulo de nuevos gastos permanentes y hacen falta más impuestos para pagarlos. Por ejemplo, el Impuesto sobre Bienes Inmuebles que grava a los propietarios privados y anima a estos a subir los precios de alquileres, lo que tiende a hacer aumentar el número de excluidos de la vivienda digna.

El Cuartel de Atocha pone de manifiesto estas debilidades de nuestra visión de lo público. El entorno es magnífico, caben allí nuevos espacios públicos, pisos y/o oficinas. Representa una gran oportunidad para revisar su uso urbanístico, preservando su fachada y volúmenes externos, y diseñar una gran plaza o un jardín en la parte posterior. Después, podría plantearse su venta en subasta abierta, para emplear el dinero obtenido en rebajar el exceso de deuda pública o promover vivienda social.

No creo que se adopte con facilidad un enfoque práctico, porque tendemos a pensar que el sector público debe seguir ocupando todo el espacio que tiene. Es una mentalidad muy católica, que comparten partidos de izquierda. Vienen a cuento unas frases del libro (pg. 37): “Antes se pedía todo a la Iglesia, ahora al Estado. Es difícil hablar de dinero, de costes, de eficacia…”. 

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