En el mundo actual, los Estados nación concentran casi todo el poder político y hay diversas castas que viven de él. Las fronteras son los muros que embalsan ese poder, por eso les gustan y aprovechan las ocasiones que se presentan para centralizar funciones y apuntalar paredes. Lo estamos viendo estos días.

Centrándonos en España -actual líder mundial de la ineficacia para combatir el covid-21-, su deficiente articulación institucional está en la base de las dificultades que tuvo para reaccionar con más rapidez. En las recientes intervenciones sobre el gravísimo desafío que tenemos delante, tanto del Presidente como de los ministros al cargo de las principales áreas funcionales afectadas, se insiste mucho en que el virus no tiene fronteras, que los territorios no son relevantes y que se trata de un problema global. Suenan a disculpas.

Es verdad que el covid-19  es un desafío global que no conoce fronteras, pero afecta en plazos  diferentes a distintos territorios, por lo que la forma racional de intervenir es ir aislándolos con criterios sanitarios y no políticos o administrativos. El espacio físico es muy relevante y debe orientar los esfuerzos para controlar la epidemia. Lo contrario de lo que se hizo, porque la palabra territorios se emplea para designar indirectamente a las CCAA, pero no para la actuación del Estado, que al parecer trabaja sólo para el conjunto, sin pararse en localismos. Quizá por eso, sólo ha empezado a tomar medidas fuertes (que son muy necesarias) cuando ya había coronavirus por todos lados, cuando el plural de territorios, se convirtió en el singular de territorio.

Como ya he comentado en entradas recientes, tenían que haber montado una frontera rígida para aislar Madrid. Aún no lo han hecho y los desamparados habitantes de, por ejemplo, la vecina Castilla León (431 infectados según último dato publicado) ven como siguen llegando, aunque muchos menos, coches, trenes o autobuses de Madrid (4.871 infectados en teoría). Ninguno tendría que haber salido del centro desde hace diez días.

Lo que sí se impone es la lógica tradicional del Estado nación y nos apresuramos a cerrar las fronteras con Francia y Portugal. Para el territorio, en singular, sí que tenemos policía y ejército. Hubiera sido suficiente el cierre exterior que ha decretado la Unión Europea y, dentro de él, hilar fino aislando zonas concretas. Recuperar las viejas fronteras supone una imagen negativa para la UE, debilitada por el Brexit y, ahora, por esta epidemia. Una pena, porque es el único intento serio de alcanzar un sistema institucional más actual, basado en compartir y no en separar.

Otro reflejo instintivo del viejo Estado nación es apelar a la unidad y recentralizar todo lo que pueda. Volvemos al análisis semántico con el lema que ha elegido el Gobierno: “este virus lo paramos unidos”. En la práctica, unidos es una redundancia (está incluido en “lo paramos”), que sirve (1) para enviar un mensaje subliminal de lo bueno que es centralizar, (2) para que no se critique demasiado a los que, precisamente desde el centro, lo han hecho tan mal y (3) quizá para adular al partido de la coalición que lleva ese adjetivo en su nombre y tiene que aplacar sus instintos ideológicos para asumir algunas medidas.

Los gravísimos problemas que tenemos con el nuevo coronavirus invitan a reflexionar sobre lo que constituye la principal línea de análisis de mi libro: un mundo abierto y muy interconectado exige una revisión a fondo del modelo de Estado-nación, que arrastramos desde el siglo XVII y se adapta mal a la situación del XXI. Necesitamos modelos alternativos/complementarios para organizar el funcionamiento de una Humanidad mucho más interrelacionada, que cada vez comparte más problemas, como es el caso de esta pandemia. Es el principal reto al que se enfrentan las nuevas generaciones para abordar los desafíos ecológicos, consolidar los derechos de las mujeres y proteger a los desposeídos. Los confinados en casa por las medidas contra en covid-21 pueden dedicar a este tipo de reflexiones algo del tiempo extra de que disponen y quizá les pueda ayudar la lectura de La Libertad en el S XXI.

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