Defender la democracia es, antes que nada, defender la libertad de expresión, la que más irrita al poder. Viene bien recordarlo cuando parece que el Gobierno español pretende penalizar la apología del franquismo, un tiempo oscuro de atraso y represión. No pierdan el tiempo en eso. No entren en la dialéctica de restringir la libertad de expresión, tan de la derecha tradicional, depositaria de una sensibilidad que se siente agredida con frecuencia.

Para que funcione un régimen de libertades y la sociedad madure hay que proteger a los que tensionan percepciones o creencias, por muy arraigadas que estén. Especialmente a los artistas que juegan a provocar, a ser irreverentes, a hacer reír riéndose del poder, a hacer gracias con las diferencias culturales de cualquier tipo, a darle la vuelta a visiones establecidas. Siempre habrá ofendidos, porque abundan los que se ofenden y apoyan posturas radicales para imponer sus ideas.

Parece que nuestros tribunales están a la altura de la tolerancia que ya tienen la mayor parte de los españoles, César Strawberry acaba de absuelto por el Constitucional (además en martes de carnaval, todo un detalle) y es posible que Billy Toledo siga el mismo camino en el Supremo por cosas que dijeron o twittearon y que, al parecer, ultrajaron a algunos de “los de siempre”, que los llevaron ante la autoridad judicial.

En el libro (pg. 125) cito unas frases potentes en defensa de la madre de todas las libertades de un artista algo desmedido, el comediante inglés Pat Condell: “La libertad de expresión es absolutamente sagrada. Mucho más sagrada que cualquier dios o profeta o escritura lo pudo ser o lo será desde ahora hasta el fin de los tiempos, o de la eternidad; lo que más dure”.

Permitan que “los de siempre” digan lo que quieran, incluso pónganles un micrófono delante. Ellos mismos se descalifican.

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