De acuerdo con un plan bien elaborado, Vladimir Putin promueve una constitución que borrará la cuenta de los mandatos ejercidos durante la vigencia de la anterior. Los de la nueva empiezan a contabilizarse a partir de este año, lo que le garantiza, si el Tribunal Constitucional no lo impide y no creo que vaya a hacerlo, que en 2024,  llegado el fin del período para el que fue elegido, pueda volver a presentarse al cargo de Presidente y seguir hasta 2036. Entonces, quizá vuelva a cambiar la constitución, ahora dispone de un buen truco para ejercer de autócrata y simular un estado de derecho.

Ha despistado a muchos sobre el camino que elegiría para seguir al mando. Pareció incluso que iba a recurrir a una solución constitucional de tipo parlamentario (mi entrada de 20/01 iba en esa línea, me engañó) para poder seguir como jefe de gobierno, reforzando las competencias de este cargo. Pero no, según él, la tradición rusa es de que hay un sólo líder y seguirá como Jefe de Estado. La Presidencia de Rusia será aún más poderosa, la nueva constitución rebaja las competencias de los alcaldes elegidos y rechaza la supremacía de la legislación internacional sobre la interior.

Las formas y  la redacción han sido muy cuidadas. En teoría, las propuestas no han venido de él sino de una comisión de juristas y notables que representaban la voluntad del pueblo ruso. Así, el nuevo texto de la ley fundamental se justifica con referencias a Dios y a la tradición y designa como “sagrada” la victoria en la segunda guerra mundial.

También las fechas han sido seleccionadas con especial mimo. Putin sancionará la constitución el próximo 18 de marzo, el día siguiente de conmemorarse la “vuelta” a Rusia de la Península de Crimea en 2014, un acto unilateral de fuerza que demostró su audacia y su desprecio del derecho internacional. Después, la constitución será sometida a plebiscito el 22 de abril, ¡el día que se cumple el 150 aniversario del nacimiento de Lenin!, el fundador de la URSS imperial. Putin le añora y le profesa admiración, aunque Lenin era un ateo militante y el nuevo zar prefiere recurrir a la iglesia ortodoxa “nacional” en búsqueda de designios sobrenaturales, porque el “socialismo científico” de otros tiempos ya no cuela.

Me interesa especialmente el machismo de Putin, que se manifiesta, por ejemplo, en que el texto constitucional aprobado define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. El colectivo LGTBI lo va a pasar mal. Sin embargo, hizo un guiño ornamental a las mujeres, cuando incluyó a la primera cosmonauta, Valentina Thereskova, en la comisión que redactó el texto constitucional. Esta obediente dama no tuvo nada que decir durante la elaboración del texto, pero fue la que presentó la propuesta de que Vladimir Putin pudiera seguir siendo Presidente al cambiarse la constitución.

En una escenografía bien preparada, pocos minutos después de aprobarse la propuesta de Valentina, hizo su aparición en la Duma el nuevo  zar para afirmar que aquello era lo mejor para Rusia. Un país que, según él, no tiene tradición de relevos frecuentes de sus líderes y que ahora necesita estabilidad ante los desafíos exteriores. Siempre los hay y, si no, se inventan.

En el último y más largo capítulo de mi libro analizo la conveniencia de ir completando, con más organizaciones supranacionales (generales, especializadas, regionales…), el modelo de estado nación preponderante, menos eficaz en un mundo muy poblado e interconectando. La creciente resistencia a ese proceso de integración supranacional está comandada por machos alfa nacionalistas más o menos autoritarios. Un club, que aunque a veces registre peleas de gallos entre sus miembros, admira al Presidente ruso, un dirigente con pocos escrúpulos y muy manipulador.  

Como ejemplo reciente de esta preocupante tendencia, el Reino Desunido ha tenido que recurrir a un premier alfa para romper con la UE, la única organización supraestatal que puede servir de referencia al resto del mundo, por eso es odiada y combatida por los líderes xenófobos y nacionalistas. Se da además la circunstancia de que la UE está presidida por una mujer.

Necesitamos más líderes femeninos. Si continúa el ascenso al poder de machos alfa todos vamos a tener problemas, especialmente las mujeres que ni siquiera podrán mantener lo que han logrado en el último siglo y medio.  El libro también profundiza sobre esto.

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