Reorganizar su estructura
Frenar el deterioro de la democracia y el ascenso de los que la quieren someter a sus intereses es un desafío fundamental en las sociedades actuales. Para lograrlo, se necesita adecuar la Administración del Estado, hacerla más eficiente y ampliar servicios, pero, a la vez, gastando menos para reducir la presión fiscal que aplasta a las clases medias, mientras aumenta la población de pocos recursos y el peso de los supermillonarios (entrada del 10/12/25 “Los Estados han crecido mucho, los impuestos debilitan las clases medias…”). Es posible hacerlo. En esta entrada y en la siguiente se ofrecen líneas para ello.
Debería empezarse por limitar el número de escalones del aparato estatal, llega con municipio, región y estado central. La prioridad sería ofrecer un servicio potente en primera línea. No debe haber ayuntamientos ridículos, diseñados hace dos siglos La despoblación ha dejado espacios rurales casi sin gente, hay que fusionar miles de ayuntamientos. En el otro extremo, el crecimiento de las principales áreas metropolitanas desborda límites municipales, que deben adaptarse a la realidad.
España y Francia son ejemplos claros de estos problemas, porque no somos capaces de abordarlos, como hicieron países del norte de Europa que redujeron drásticamente el número de municipios. Nosotros montamos tinglados intermedios (departamentos, provincias, comarcas, mancomunidades, agrupaciones…) para tratar de dar solución a graves dificultades derivadas de la inadecuada dimensión de los ayuntamientos. Aumentamos gasto sin solucionar de verdad muchos problemas.
En Estados medianos y grandes, el segundo escalón debe evolucionar hacia un modelo federal, siempre más eficiente, y convertir las regiones en estados federados con amplias competencias sobre su territorio y autonomía fiscal y legislativa para gestionarlas. Desde que me interesa el tema, miro hacia Francia y veo que todo el tiempo hablan de “regionalitation” pero no avanzan y su enorme e ineficiente Estado central cada vez está más maniatado, derrocha y el déficit lo ahoga (entrada del 25/10/25). Aquí, vemos cómo la línea Vox, muy centralista, influye mucho en el centro sur. La versión madrileña del PP y algunos dirigentes socialistas de la zona están con ellos.
Y tenemos la Unión Europea concentrando competencias de los gobiernos nacionales, que justificaría una estructura central más orientada a fijar líneas generales, coordinar la seguridad interna y exterior y crear mecanismos de ayuda a las zonas atrasadas. Menos burocracia, pero es difícil, la Administración Central tiene mucho poder. Ya he comentado en el blog el caso del Banco de España. La moneda y la política monetaria se gestionan a nivel europeo y cae el uso de efectivo, pues no bajan los empleados del antiguo emisor, con condiciones laborales extraordinarias.
Si un Estado estuviera gobernado de forma racional, lo dicho se consideraría lógico y se debatiría. Nadie se atreve, parecen cosas intocables, hay demasiada vetocracia. Muchos de los que frenan una reforma a fondo de la Administración se encuentran en el entorno político y mediático de la capital que no quiere perder influencia, en los más de mil diputados provinciales elegidos a dedo por los partidos, en los muchos miles de alcaldes y concejales de municipios que deberían desaparecer y se defienden apelando a todo tipo de localismos, en sindicatos que no quieren que se reduzca empleo pagado por todos…
Mi ensayo califica las fronteras geográficas o competenciales como “embalses de poder”, hay muchos agarrándose a ellas, también define como “mediocridad invasiva” una enfermedad típica de aparatos burocráticos., tanto más agresiva cuanto mayores son. Hemos creado condiciones para que la vetocracia nos impida mejorar, el peor escenario al que nos han arrastrado hoy las ideas ilustradas. Si no cambiamos de la mano de una Nueva Ilustración, los iluminados dirán que lo que hay ahora es malo y que hay que volver al pasado y aplicar la ley del más fuerte. Muchos votantes, cansados de que las cosas vayan a peor, encuentran atractivo que tomen medidas, aunque nos pongan en grave peligro.
Celebramos estos días que la Constitución de 1978 es ya la más duradera de la difícil historia de España, tras más de dos siglos de monarcas y militares resistiéndose a la democracia. Debemos hablar de mejorarla. Habría que eliminar el reconocimiento constitucional de dos sistemas alternativos y, por tanto, incompatibles para organizar el Estado: provincias o autonomías, modelo centralista o federal. Cuando se redactó la Constitución, después de 40 años de dictadura, había generales con la pistola desenfundada por si las cosas no les gustaban, por lo que se optó por meter ambos modelos dentro de ella, aunque no tenga sentido. En democracia, mal que pese e muchos, nuestra diversidad y la eficacia operativa piden un modelo federal. Para dejar de tirar dinero público y aplastar las clases medias con impuestos hay que desconstitucionalizar provincias (modelo centralista francés importado por los borbones) y la autonomía municipal que permite resistirse a fusiones.