He visto muchas ocurrencias de políticos, pero la última de Andrés Manuel López Obrador, presidente de Méjico, resulta espectacular. Él se quejó del excesivo coste del avión presidencial, adquirido por su país en el 2015, se negó a usarlo y prometió venderlo. Tiene razón, porque es un gasto excesivo para un país con un alto índice de pobreza.

Pero, como no consigue venderlo para recuperar del exterior los fondos enviados al fabricante de los EEUU y no puede sacarse de encima el lujoso Boeing 787-8 Dreamliner, ha decidido sortearlo entre sus ciudadanos. Serán ellos los que paguen el avión, comprando boletos de un sorteo que tiene el típico premio que nadie necesita: un enorme avión que no está diseñado para transportar pasajeros.

El asunto está claro, no recupera el dinero gastado en el extranjero, lo diluye en un sorteo, que es una especie de impuesto más, destinado al parecer a reforzar la atención médica de los más necesitados. Indica además que grandes empresas mejicanas comprarán miles de billetes del sorteo.

Pura demagogia. Una operación de imagen que no se sostiene: nadie necesita un avión presidencial, dice que recupera el dinero, pero los pagan sus compatriotas, aunque sean empresas y el dinero se destine a sanidad. ¡Mucho le tenía que estar quemando el avión al Sr. Presidente para inventarse tal cuento chino!

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