Make America Great Again (MAGA), siempre ha subyacido en la forma de ver el mundo de los EEUU. Ellos se llaman a sí mismos americanos, los del sur son latinos. Hacia el norte son canadienses, admitidos como candidatos a ser también parte de América. Al fin y al cabo, son mayoritariamente blancos de origen europeo.
No así los inuits de Groenlandia, pero, como tienen mucha tierra, el promotor inmobiliario que manda en Washington estaría dispuesto a hacerles un hueco en su América, aunque luego los meta en una reserva. Veo posible que lo consiga, a pesar de la oposición europea. Para presumir de demócrata, quizá promueva un referéndum, los habitantes de la gigantesca isla ártica decidirían si quieren ser América. Para amarrar un resultado favorable podría llegar a ofrecer un millón de dólares, libres de impuestos, a cada uno de los 57.000 groenlandeses, incluidos menores, si votan a favor del cambio. Gastarse esa cantidad no es gran cosa para los EEUU, la recuperará rápido explotando un espacio enorme –más de cuatro veces la superficie de España-, rico en materias primas y estratégico para el tráfico marítimo. Si los líderes europeos quieren complicar el agresivo panorama del Sr. Trump, les recomiendo encarecidamente leer mi entrada del pasado 15 de abril (Canadá, el mejor destino para Groenlandia), donde ofrezco una solución más lógica, si Dinamarca se ve forzada a irse de allí.
Hacer América grande no sólo significa más rica y poderosa, también mucho más extensa. Parece que volvamos a sus primeros tiempos, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, cuando expansionaron territorio mediante guerras y adquisiciones, tendencia que se reflejó después en la Doctrina Monroe. Se cumplen este año los 250 años de la independencia de los EEUU, querrán celebrarlo por todo lo grande, razón poderosa para tener prisa en forzar una nueva expansión en un continente que consideran área de influencia exclusiva.
Pero los hispanos no les gustan, son de razas contaminadas. Aunque cuenten con un secretario de estado de origen cubano – de raza aria y se apellida Rubio- para dirigir el control y la explotación de materias primas y la persecución de gobiernos que no les gusten. En algún caso, quizá Cuba o Panamá, podrían tolerar que fueran un nuevo Puerto Rico, un estado asociado, desprovisto tanto de soberanía propia, como de capacidad de compartir la de la patria racista que los acogería como un favor.
El supremacismo de los MAGA encuentra más problemas conforme viaja hacia el sur, aunque ahora hay presidentes próximos a sus ideas en los países más meridionales. Por eso estoy poniendo en relieve, en las últimas entradas del blog, la necesidad de que la Unión Europea ratifique, de una vez, el tratado acordado con Merco Sur. Es fundamental para reforzar su influencia al otro lado del Atlántico y hacer ver al mundo que hay otra forma de relación para crear espacios económicos importantes, respetando el ordenamiento internacional. Aunque no hable de ello, Trump tiene fijación con Brasil, porque es un país grande, con muchos recursos, dirigido por un político de izquierdas y núcleo duro de Merco Sur, una semilla de lo que podría llegar a ser la versión iberoamericana de la Unión Europea.
El gravado que preside esta entrada, del artista uruguayo Joaquín Torres García, ilustra otra forma de ver las cosas. Hay que darle la vuelta a cómo contempla el continente desde el norte el prepotente imperialista. No debemos empezar el año con pesimismo, hay que trabajar y dar pasos en la buena dirección, y quizá Venezuela le resulte más complicada de manejar de lo que piensa y acabe muy enredado.