Ya no se pueden cambiar las monedas y billetes en pesetas, quedan como objeto de coleccionistas. Mis últimos años en la banca fueron los de la transición al euro y presidí el comité interno del Banco Pastor para realizar un proceso que tocaba muchos puntos de la operativa de la empresa. Mi interés en los usos del dinero me llevó también a organizar el 1/3/2002, en el solemne marco de la Oficina Principal de Coruña, la única ceremonia celebrada en España para despedir la peseta.

Entonces expliqué que aquella moneda había navegado tiempos difíciles de nuestra historia, era símbolo de una larga lista de inflaciones y devaluaciones. Por todo ello, pensaba que no íbamos a echarla de menos. Mejor que los asuntos monetarios pasaran de Madrid a Frankfurt, sitio distante y más frío, que aleja tentaciones de tomar un mal camino. En aquel acto litúrgico-monetario, también pronosticaba que la vieja peseta aún viviría un tiempo como instrumento para calcular gastos. Lo vuelvo a explicar en mi reciente libro (La energía oscura del dinero 2.1):

“La peseta ha desaparecido de la vida económica, pero aún vive en la ca­beza de algunos, ya pocos, que la siguen empleando como referencia cuando se enfrentan a un gasto importante. Por eso la tercera función del dinero, la de medir, la menos ma­terial de un invento que ya de por sí se basa en elementos de poco peso molecular (confianza más información), es la que más tiempo persiste cuando se cambia de moneda.”

La sustitución de la peseta por el euro había llevado a una extraña circunstancia: muchos españoles, habituados a calcular en un sistema digital (base diez), desarrollamos a principios de siglo nueva capacidad de trabajar en base seis (docenas, medias docenas), que usábamos sólo para comprar huevos. Todo ello porque seis euros son aproximadamente mil pesetas y así podíamos hacer cálculos. Los más mayores lo seguimos recordando.

En la rueda de prensa que siguió a aquella lejana ceremonia de despedida de la peseta como instrumento de pago, celebrada en un banco que ya no existe, un periodista se interesó por su impacto sobre la economía sumergida, si sería capaz de adaptarse y cambiar las cantidades de pesetas que acumulaban. Le contesté que el lado oscuro estaba feliz, tenían casi 20 años para pasar las existencias a la nueva moneda, que además era internacional. Ya no habría que convertir pesetas a dólares, que implicaba riesgos. Los proveedores de, por ejemplo, cocaína, admitirían el pago en euros sin problema. La economía ilegal de cualquier tipo se vio muy reforzada por el euro.  

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