El presidente de los EEUU fue un niño rico, gordo y mal criado, que ahora tiene el mejor juguete posible: el Estado más poderoso. Pero dentro de una tradición democrática. Sigue habiendo libertad de prensa, a pesar de las manipulaciones de redes sociales en manos de destacados miembros de su club privado de grandes fortunas. Y periódicamente hay que someterse a elecciones para ser presidente o para renovar las cámaras legislativas. El modelo institucional de los EEUU es el presidencialista. Dota de amplios poderes al jefe del estado, elegido de forma directa, pero, al mismo tiempo, limita a un máximo de dos los mandatos el ejercicio del cargo. Esta última medida evita que se pueda convertir en un dictador por la gran relevancia y capacidad de decisión que tiene. Eliminar la limitación es lo que hacen los autócratas vocacionales (Putin, Erdogán…), con diversos trucos para mantener apariencias.
A Trump le quedan poco más de dos años como máximo ejecutivo. Esto lo convierte en muy peligroso. Entra en su período final de “pato (Donald) cojo”, no puede volver a presentarse y le encanta conducir a su aire la mayor máquina pública del planeta, ignorando reglas de tráfico o trayectorias lógicas para moverse por un mundo muy complejo. Ya debe tener muy presente el fin de mandato. En dos años, tiene que preparar la alfombra roja a su sucesor, al que dejará una Casa Blanca ampliada con un salón de baile de gusto discutible.
Y su sensación de agobio está aumentando. Parece que, después de las elecciones de medio mandato del día 3, su partido perderá la exigua mayoría que tiene en el Congreso. Incluso puede que también le pase en el Senado, a pesar de que sólo se renuevan la mitad de los cargos y allí la superioridad republicana es más amplia.
La inflación es la razón más evidente de la caída de popularidad del Presidente, que debilita a su partido. La causa principal radica en haberse metido en una guerra compleja con Irán que dispara el coste de los combustibles. El desánimo de los votantes alcanza a las zonas rurales, tradicional base electoral republicana. Allí la gente sigue con la costumbre de conducir vehículos grandes y se acuerdan de Trump y su familia cada vez que echan gasolina. El problema llega incluso a Tejas, fiel estado trumpista, a pesar de que su economía se beneficia del mayor valor del petróleo.
Ante la delicada situación y con poco tiempo por delante, el presidente estadounidense parece dispuesto a todo. Acaba de levantar las sanciones a Rusia para que inunde los mercados de combustibles, aunque eso la refuerce para seguir atacando Ucrania. No ha conseguido que Putin abriera un período de tregua, como había anunciado Trump a cambio de concederle beneficios comerciales ¿Qué importan los ucranianos? Lo que hay que hacer es ganar las elecciones del día 3 a cualquier coste. Y es un admirador de Putin, porque hace lo que a él también le gustaría, como invadir vecinos para quedarse con sus tierras.
Me temo que el problema no termine aquí, los próximos días son muy preocupantes. Trump es capaz de hacer cualquier cosa, por terrible que sea, para mejorar sus expectativas electorales. Ojalá me equivoque.