El Premio Nobel de la Paz, concedido a la jurista sudafricana de origen indio Navi Pillay, sigue la línea de defensa del derecho internacional y responde a la necesidad de llevar la protección de los derechos de las personas por encima de las fronteras de los Estados. Esos Estados que, con demasiada frecuencia, se comportan de forma tribal. Sólo les preocupan los suyos, rechazan a los extranjeros, se sienten con legitimidad para conquistar nuevos territorios, ensalzan los valores patrios cultivando la diferencia…. Frente a esta tendencia en alza están los que, como este blog, defienden la solución de conflictos y la persecución de crímenes de lesa humanidad desde tribunales internacionales.
Navi Pilay empezó su lucha a favor de los derechos humanos en su país, aliándose con Nelson Mandela -Premio Nobel de la Paz en 1993- para terminar con el régimen de segregación racial. Luego saltó al plano internacional como presidenta del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Fue importante su aportación de considerar la violación sistemática de mujeres como crimen contra la Humanidad. Su vinculación a la ONU la llevó a ser alta comisionada para los derechos humanos y presidenta de la comisión de investigación de la guerra de Gaza, que concluyó que Israel practicaba un genocidio contra el pueblo palestino. El Tribunal Penal Internacional de La Haya pidió la detención del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y de su ministro de defensa entonces, Yoav Gallant, para juzgarlos.
Los jerarcas tribales están furiosos con la decisión del jurado del Nobel de la Paz. Incluidos los de Estados que aún cuentan con instituciones democráticas, encabezados por los EEUU y su tradicional aliado Israel. El presidente Trump amenaza con cerrar la Corte Penal Internacional a la que ha impuesto sanciones. Mientras, de la mano de sus amigos semitas, se ha metido en un conflicto con Irán. Como consecuencia, los precios suben empujados por los de los combustibles. Eso perjudica al jefe de la mayor tribu. Su popularidad está bajo mínimos, incluso en Tejas, dominada por su partido desde hace muchos años y amante de altos precios para sus grandes negocios petroleros. Ahora muchos ciudadanos, también allí, se sienten pobres cuando tienen que llenar el depósito del automóvil. Como hay elecciones el próximo 3 de noviembre para la renovación de la mitad de las cámaras y teme quedar en minoría en ambas y no poder hacer lo que le dé la gana, a Trump le entra prisa por inundar las gasolineras de gasóleo y gasolina, y bajar precios.
Para ello le ha pedido a Putin que le venda 300.000 toneladas de combustibles. El egoísta líder de tribu democrática propone echarle una mano a su colega de tribu autoritaria. Vender petróleo y derivados mete dinero en la maltrecha economía rusa para seguir atacando a Ucrania y matando civiles, incluidos muchos niños. Pero ya lo hace sin necesidad de ayudar a Trump y no le gusta que le propongan treguas. Tampoco a Netanyahu que se pasa por el arco del triunfo la acordada para Gaza hace un año. Ambos presiden tribus de la peor especie: las que no cesan de ocupar territorios próximos con cualquier pretexto.
Aplaudo ese premio Nobel, al que dice aspirar el bocazas que preside EEUU. El año pasado recibió de regalo el diploma que le dieron a la líder opositora venezolana Corina Mechado. Ella quería hacerle la pelota para que la tuviera en cuenta. No lo consiguió, sigue marginada. Trump no entró en Venezuela para imponer la democracia, sino para controlar su petróleo.
El predominio de las tribus que aspiran a repartirse el mundo pactando entre ellas, haciendo caso omiso del derecho internacional y los organismos que lo aplican, nos lleva a más guerras y más peligro de desaparición cómo especie. No quieren instancias superiores, sólo confían en las armas. Niegan el calentamiento global y la necesidad de proteger el planeta de nuestros excesos. Aman las religiones que sirven para tener a las mujeres en casa produciendo hijos de buena raza, lógica que les lleva a combatir el derecho al aborto. Un derecho considerado por mi ensayo el mejor marcador de la democracia de un país.
En España, días después de las legislativas de los EEUU, tendremos las nuestras y el único partido que parece que va a subir mucho es el más tribal. Ensalzar pasados y tratar de repetirlos es ir hacia atrás. Por eso desconfían de la Unión Europea, los derechos de las mujeres y los colectivos LGTBI, y de las medidas descentralizadoras para dotar de más eficacia a un Estado muy integrado en Europa y la economía global. En esta parte del mundo, quien más sufre de estos temores es nuestra vecina Francia, como comentaba aquí hace diez días. Fomentamos riesgos imprevisibles para la pacífica y sana convivencia sobre este planeta que nos acoge. Los tiempos cambian a muy peligrosos, cuando, cada día, estamos más interconectados y deberíamos sentirnos más unidos para trabajar en defensa de los derechos y las libertades de todos.