La fotografía reproduce la contraportada del semanario The Economist del pasado día 5. Un anuncio muy caro de Zegna, gran marca italiana de moda, para promocionar Su Misura, su línea de trajes de caballero a medida, con el actor danés Mads Mikkelsen de protagonista. Vestir de traje viene de otros tiempos, pero lo que llama la atención es que el modelo no lleva corbata. Está en decadencia y se prescinde de ella. Cada vez se usa menos, incluso en actos formales.
Sólo lamento que este cambio en la simbología de la elegancia masculina no haya llegado antes. En los sesenta asistía a las clases de la Facultad de Derecho en Santiago de chaqueta y corbata. Durante el posterior MBA en Barcelona continué vistiendo así. Después vinieron 30 años de trabajo en banca en los que no me apeé del cuello el maldito trozo de tela, normalmente seda. ¡Qué opresión! Siempre odié la corbata. Es incómoda, a mí incluso me provocó un tic de estirar el cuello sin venir a cuento. Desde que dejé el sector financiero, la he llevado pocas veces, ya no me acuerdo de la última. A ver qué hago con los 33 elegantes ejemplares de buenas marcas que cuelgan en mi armario. Con alguna me quedaré, por si las moscas.
Zegna la elimina de su publicidad para no parecer añeja, la lógica de los tiempos acaba por imponerse. Pero los cambios de usos duran más de lo previsible. A finales de los setenta yo había pronosticado el fin de la corbata para antes de fin de siglo, un optimista. A partir de ahora, un número decreciente de varones seguirá poniéndosela algunos años más. También algunos centros de enseñanza privados la mantendrán en el uniforme de los adolescentes y continuará su uso en actos protocolarios. Pero su eliminación de la vestimenta del día a día está cantada.
Asistimos a un acto de liberación del género masculino, un descanso para nuestros cuellos, aunque algunos la echarán de menos porque tienen incorporado el hábito de llevarla. La evolución es acorde con la tendencia a ir vestidos de forma más cómoda.
La resistencia de la corbata me recuerda la de los billetes. En el 94 dije que había que terminar con ellos y que eso tendría muchas ventajas para todos, excepto para los que se mueven en el mundo de la delincuencia y la evasión fiscal. La fuerza del efectivo no está en los hábitos, podríamos funcionar sin él, pero hay muchos interesados en mantener los billetes en el mundo político-burocrático, sobre todo porque facilitan la corrupción y un nivel de vida excelente de la casta funcionarial encargada de su emisión. La gente va dejando de usarlos, como las corbatas. Tardará más, pero caerán.
Acierto en algunos pronósticos sobre la evolución social. Pero debo reconocer que soy optimista en los plazos.
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Ahora que estalla el problema de la vivienda, conviene releer la entrada de este blog del pasado 05/07 ( La vivienda, gran fracaso del Estado). Es un sector que el Estado debe planificar con perspectiva a largo, aumentando mucho la oferta pública, y acortar radicalmente los procesos de aprobación de nuevos suelos y promociones. Y debe huirse de tentaciones demagógicas contraproducentes, a las que somos demasiado aficionados, empujadas por la gravedad y urgencia del problema, y la tendencia intervencionista de los extremos del abanico político.