Lo ocurrido en el estado alemán de Sajonia-Anhalt preocupa a los defensores de la democracia. En las elecciones regionales celebradas allí resultó claro vencedor Alternativa para Alemania (AfD), un partido fascista que echa raíces tanto en la variante propia, el nacismo, como en la variante comunista, implantada por Rusia en el territorio que los occidentales le cedieron, tras la 2ª Guerra Mundial. El autoritarismo antidemocrático anida en ambos extremos del espectro político. AfD obtuvo el 43,8% de los votos, muy por delante de los principales partidos alemanes, pero no le llegan para gobernar en solitario. Sin embargo, hay un partido de izquierda radical, el BSW, escisión de los poscomunistas Die Linke, que también ha entrado en la cámara de Sajonia-Anhalt y, al parecer, facilitará un gobierno de AfD.
El que se frota las manos es Vladimir Putin. No necesita invadir países, perder vidas y recursos para recuperar espacios políticos del este de Europa, de lo que se llamaba la URSS, pero que funcionaba, en realidad, como un imperio ruso. Si consigue debilitar la democracia alemana, debilitará la Unión Europea, que odia porque representa los valores de la libertad y el derecho internacional. Por los mismos motivos, también Donald Trump está contento. Estados nación fuertes que quieren repartirse el mundo. Putin es un gran ejemplo de la ambigüedad de las ideologías autoritarias. Lo que quiere es mandar y ampliar Rusia, empezó como defensor de las ideas soviéticas, ahora es devoto de la Iglesia Rusa y de una economía de mercado de la que se benefician amiguetes que le apoyan. Sólo importa mandar con las menores restricciones, para eso se declaran de derechas o de izquierdas, van a misa, lo que haga falta.
Alemania tiene mucha inercia, les cuesta cambiar, en muchas cabezas siguen pesando los tiempos de Hitler, a los que se suman, en el lado oriental, los de Stalin y sus herederos. Tiene una economía de base industrial con problemas de competitividad, la gente está preocupada. En los estados de la antigua Alemania Oriental se quejan de que, 37 años después de la caída del muro y la fusión, siguen más atrasados que sus vecinos occidentales. Las redes sociales, manipuladas por Rusia, echan la culpa a los extranjeros, a la insolidaridad del resto de una UE a la que aportan muchos fondos y a las dificultades de los sistemas liberales para tomar decisiones. Aumenta el nacionalismo y las ganas de tener dirigentes con poder para aplicar políticas de mano dura y de sesgo aislacionista. Sobre todo, entre los votantes de menores ingresos, temerosos de perder sus puestos de trabajo y las prestaciones sociales por la llegada de extranjeros. Circunstancia que ya analizaba en la entrada del 5 de agosto sobre el asalto a la frontera de Ceuta y el ascenso de Vox.
Voy a poner un ejemplo de la afición de muchos alemanes a no cambiar costumbres: el uso de medios de pago, materia con la que he mantenido mucho contacto durante gran parte de mi vida profesional. En España estamos viendo, como comentaba en las entradas anteriores, que se dispara el empleo de medios electrónicos, lo que se traduce en afloramiento de economía sumergida, aumento de puestos de trabajo legales, más recaudación fiscal… Los alemanes siguen muy aferrados a los billetes. Les gustaban mucho los cheques. De hecho, cuando aparecieron las tarjetas de crédito, ellos sacaron una (Eurocheque) que sólo servía como garantía de los cheques. La mayoría sigue pagando como siempre, con papeles. Peor para ellos, no emplear tarjetas y móviles para pagar hace la economía menos efciente.