Estamos comprobando, cada día, las consecuencias de lo ocurrido en Ceuta el 30 de julio, cuando decenas de miles de personas forzaron el acceso a ese enclave, a lo que dediqué la entrada del 5 de agosto (África asalta Ceuta). El gobierno está desbordado por muchos problemas en varios frentes: alojamiento de inmigrantes, tratamiento de menores y mujeres, relaciones con Marruecos, recuperación de la normalidad en la ciudad invadida y colapsada, aliento económico…Mientras, la oposición agudiza críticas y los populistas del mundo rico refuerzan argumentos a favor de erigir muros fronterizos contra invasiones de gentes diferentes.

La pobreza que domina África incentiva el deseo de acceder a Europa. España es la parte que está más cerca y tiene además dos pies al sur de Gibraltar. La presión seguirá haciéndose notar, ayudada por el interés marroquí en hacerse con Ceuta y Melilla. La demanda es tal que los traficantes de personas han elevado a 9.000 euros el precio de un arriesgado viaje en bote hasta la costa andaluza. Continuará muriendo gente en busca de una vida digna.

Tráfico es la palabra que me interesa. Cuando existen sistemas de transporte moviéndose de forma clandestina en un espacio reducido, tienden a crearse sistemas de apoyo que favorecen el aumento de actividad. En la costa próxima a Gibraltar (un paraíso fiscal) también crece la entrada de droga, cocaína desde Sudamérica y hachís desde Marruecos. En esta rama, las embarcaciones son más sofisticadas, tripulaciones expertas, fuertemente armadas y motores potentes para superar controles. Casi a diario, hay noticias de capturas de alijos en aquella zona.

Se trata de un problema estructural en el lugar de la gran Europa más adecuado para introducir productos con alta demanda -trabajadores, droga- pero prohibidos o muy restringidos en el mercado legal. Soluciones teóricas, en la línea de abrir la mano a la entrada de personas y al consumo de sustancias perseguidas, se enfrentan a ideologías dominantes y también a la dificultad para mantener los sistemas públicos de sanidad y pensiones si llegaran a aplicarse.

Europa, España y, sobre todo Andalucía, incluidas Ceuta y Melilla, disponen de un entorno donde “empresarios“ sin escrúpulos aprovechan las condiciones favorables e invierten recursos y vidas en generar tráficos de alto margen y demanda. Es lo normal y continuarán, hay potencial de negocio para aguantar restricciones y persecuciones. Tenemos un problema gravísimo. Se puede suavizar algo, pero no eliminar, llevando allí cantidades crecientes de policías, que sufren víctimas y también producen casos de corrupción, porque el dinero que mueve todo aquello es negro y las tentaciones altas .

Al final me he referido al único elemento del que no pueden prescindir los tráficos ilegales: el dinero oscuro, los billetes. Desde que se inventó el dinero y desapareció el trueque, el comercio se disparó y la Humanidad empezó a crecer. Los medios de pago siempre se han visto afectados por la evolución tecnológica (piedras, metales, imprenta) y ésta, por primera vez en la Historia, ha creado sistemas que los hacen trazables. Si se quiere acabar de verdad con el gigantesco lío clandestino en aguas de Gibraltar, y con otros muchos, sólo hay que seguir el camino de algún país nórdico y trazar un plan para eliminar los billetes. Ahorraríamos muchos recursos, viviríamos más seguros con menos policía, no habría problemas para pagar pensiones y la economía crecería más. Lo explico en detalle, incluyendo cómo sortear posibles obstáculos técnicos, en el libro cuya portada reproduzco al final.

El problema está en los que apoyan la corrupción pública (financiación ilegal de partidos y cobro de comisiones por “favores” desde la Administración) y la elite funcionarial en torno a bancos centrales que viven muy bien de imprimir los billetes imprescindibles sólo para los delincuentes y evasores fiscales, ya no para la inmensa mayoría de personas honradas. Los políticos tendrán que decantarse por tomar las decisiones adecuadas o seguir defendiendo el medio de pago que nos corroe, pero que les ayuda a ingresar algo más de vez en cuando. El nivel de oposición a la desaparición programada del papel moneda marca, para mí, el de corrupción potencial de la organización que lo sostiene.

Observo con satisfacción que la generación Z está, en general, de acuerdo con aprovechar la gran oportunidad que las tecnologías ofrecen en los medios de pago para mejorar sus vidas. La mayor parte de ellos sólo paga con el móvil.

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