El partido de ayer demostró la superioridad de España sobre Argentina. La selección de Luis de la Fuente, campeona de Europa, derrotó por la mínima a la correosa Argentina, campeona de América. Era la primera vez que se enfrentaban en una final mundial los campeones de los dos continentes que albergan lo mejor de este deporte. España dominó con claridad, tuvo mucho más el balón y creó ocasiones de gol. Argentina estuvo apagada, salvo en los últimos minutos de la prórroga cuando tuvo que enfrentarse, con un jugador menos, a la perspectiva de una derrota inapelable.
Hoy los medios estarán llenos de información sobre todo lo relacionado con la segunda estrella que la selección lucirá sobre su camiseta. Pero este blog gusta aportar algunos elementos que se difuminan en la corriente de euforia derivada de una victoria trascendental. Por eso pienso en lo felices que estarán los caboverdianos, habitantes de unas preciosas islas, frente a las costas occidentales de África, continente que ha sido una de las grandes revelaciones del campeonato.
Cabo Verde estará orgullosa, porque ha sido la única selección que no ha sido derrotada por España, la campeona. En octavos se enfrentó con Argentina y no pudo evitar ser eliminada, pero hubo que recurrir a la prórroga, porque en el tiempo reglamentario también empató con la subcampeona. Este pequeño país, de poco más de 600.000 habitantes, entra en la historia de los mundiales, en su primera participación. Se lo merecen, ninguno de los dos finalistas pudo con ellos en los 90 minutos habituales. En Galicia también nos alegramos por ellos, habitan aquí muchos de sus emigrados, porque, además de compartir idioma, nos une una arraigada cultura de pescadores. De hecho, la mayor comunidad de caboverdianos está en Burela, importante puerto pesquero del Cantábrico gallego. Allí celebraron la victoria de España de la mano de los nativos, porque es la selección que apoyan para grandes vuelos competitivos. Este verano son doblemente felices: ganamos, pero la de cabo Verde fue la única selección a la que no pudimos doblegar.