Pocos países sufren tanto su naturaleza como Venezuela. El primer rastro que recuerdo de ella es de finales de los años 50, cuando era un niño y oí a una señora hablar de lo importante que era aquel país y de la fortaleza de su moneda, el bolívar. Unos parientes suyos habían levantado allí un capital. Tiempos en que muchos gallegos llenaban barcos para marchar al otro lado del Atlántico en busca de fortuna. Pocos años después, la expansión de Europa, restaurada de sus heridas de guerra, añadía taxis, autobuses y aviones a los barcos que les transportaban, esta vez hacia el norte, a buscar trabajo. Momentos difíciles en España, especialmente en la aislada Galicia. Ahora, la situación se ha dado la vuelta, Galicia despega desde la entrada en la UE y recibimos inmigrantes. La comunidad venezolana, 60.000 personas, es la más numerosa.

 En 1972, nada más empezar mi vida profesional, pisé Caracas por primera vez. Tiempos dorados allí, cuando se bebía whiskey de las marcas más caras , incluso en reuniones de trabajo. La foto es de una de aquellas reuniones, cena en el Restaurante Caney. La capital era una efervescencia de negocios, pero las colinas que la rodeaban estaban cubiertas de “ranchitos”, infraviviendas de una gran parte de la población alejada de esplendores petroleros. Situación frecuente en naciones que no cuentan con una base económica consolidada y reciben un gran maná de crudo.

Los expertos lo definen como “la maldición del petróleo”. La abundancia de recursos naturales es un obstáculo a un desarrollo armónico en países atrasados. La población se siente agraciada por la fortuna o la bondad divina y es fácil para sus dirigentes convencerla de que hay que proteger la bendición que se les ha otorgado, para que no se la roben los extranjeros. Lo que lleva al control estatal del recurso, el aumento de los niveles de corrupción y la concentración de beneficios en dirigentes del aparato público y empresarios bien conectados. Además, la mala gestión reduce la producción.

Este fue el primer golpe de la naturaleza sobre Venezuela, donde volví en 1991 y 2004. Viajes, también de trabajo, a Caracas, fotogramas de una película camino de la tragedia, ya marcada por la dictadura de Chávez en la última visita. La maldición petrolera deja un Estado bloqueado e ineficiente, con dificultades para evolucionar hacia una transición democrática. Su ineficiencia ha agravado el impacto de este segundo golpe mortal de la naturaleza, dos fuertes terremotos consecutivos, el 25 de junio, que han dejado miles de víctimas y gran destrucción.

La importante ayuda exterior tardó unos pocos días en llegar por razones logísticas, reduciendo las probabilidades de rescates de supervivientes enterrados en las ruinas. Ha sido la solidaridad espontánea de la gente la que ha intentado paliar la desgracia, con pocos medios y escaso apoyo de instituciones públicas. El poderoso ejército manda en política, pero no es capaz de ser operativo para mitigar la desgracia.

El golpe de la riqueza petrolera, en teoría muy favorable, agrava este segundo impacto radical de la naturaleza. Deseo lo mejor para un país que los gallegos sentimos tan próximo. Antes íbamos allí a mejorar nuestras vidas, ahora sentimos su acento en las calles de nuestras ciudades. Es imprescindible volcarse en ayudarles e intentar que la injerencia de los EEUU de Trump sea útil y deje una Venezuela más preparada para avanzar en libertad y no la convierta en una especie de colonia petrolera de los magnates del norte. España puede jugar un papel relevante, en la línea de lo que pedía para la gran isla del Caribe en la entrada del 30/4 “España tiene tarea en Cuba”. Hay que intentarlo, tienen nuestra sangre y necesitan mucho apoyo.

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