Al Mundial de Fútbol le llega frío de África, al contrario de lo que pasa con la meteorología. Dentro de él, España se siente orgullosa de su condición de favorita, que hincha ínfulas patrióticas. El fútbol es un gran refugio de valores tribales, desde locales a nacionales. Lo que, en este tenso mundo en que vivimos, es aprovechado por opciones políticas populistas para fortalecerse, ayudadas por las redes sociales. Pero, como es un deporte de pocos tantos, el fútbol admite enfrentamientos igualados que pueden producir resultados inesperados, como vemos estos días. No sólo en nuestro caso, vientos africanos han resfriado también a Brasil y Portugal.

Algo de advertencia había en mi entrada de hace 10 días (Galicia tiene vida propia) que comentaba actos celebrados aquí de línea patriótica, como el desfile las Fuerzas Armadas en Vigo o el partido preparatorio de nuestra selección contra Irak en Coruña. Ambos registraron inesperados resultados. El empate con Irak en cancha propia debería haber servido para matizar pretensiones, pero eso no afectó a la alegría futbolera, se trataba de un encuentro para hacer pruebas.

Como decía entonces, Galicia es buen sitio para relativizar entusiasmos. Pasa en Burela, villa pesquera de nuestra costa norte, donde hay muchos inmigrantes caboverdianos. Ellos celebraron entusiasmados el empate logrado contra un favorito en una fecha histórica, su primera participación en un Mundial,. Pero sin chocar con los locales que animaban a España, a la que también apoyan cuando no juega contra su país. Se conocen, son un ejemplo de convivencia, vieron el partido juntos en una plaza con pantallas gigantes y muchos nativos participaron en la posterior fiesta de los de origen africano . Un pueblo abierto al mundo y a la igualdad de razas y géneros, que tiene un equipo de fútbol sala femenino que incluso ha ganado la Champions europea de su deporte, después de arrasar en España varios años, con la ayuda de alguna jugadora de Cabo Verde.

El fútbol es muy popular en aquellas islas africanas, antigua colonia portuguesa, como vemos en esa foto inicial, que hice hace casi 10 años en Praia, la capital, situada en la isla de Santiago. Las conexiones con Galicia son múltiples, en el puerto de aquella villa había dos pesqueros de aquí avituallándose para seguir trabajando, coincidimos con un armador de Coruña en el hotel y comprobamos que hay algún empresario turístico gallego muy presente en Sal, la principal isla playera del archipiélago.

También es curioso que Vocinha, el desconocido portero caboverdiano de 40 años, fuera el héroe del empate a ceros del día 15. Juega en un equipo de la segunda división portuguesa, el Chaves, a pocos kilómetros de Verín en el valle del río Támega, que desemboca en el Duero en Portugal (pocos saben que Galicia tiene cuenca del Duero).

Ese encaje de lo caboverdiano en Galicia viene reforzado por hablar el mismo idioma. Cuando estuvimos allí nos comunicábamos con naturalidad con la gente, incluso en las aldeas rurales, donde producen un extraordinario café. La gente no es tan dispar entre sí cómo nos hacen pensar los xenófobos. Se trata de adaptarse, como esa señora de la foto que vende de saldo. Disfruté mucho allí, tomé muchas fotos. Un lugar interesante que envía mensajes de convivencia y ayuda a relativizar ideas simples.  

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Supongo que Cabo Verde no se clasificará y que los nuestros se pondrán las pilas para seguir, pero, sin querer, les hemos dado una alegría. La vida allí no es fácil, tienen que luchar mucho y emigrar para salir adelante, como los propios gallegos no hace mucho. Pero son capaces de estar alegres y sentirse felices con poco. Esas optimistas frases del final, colocadas al lado del mostrador de una tienda en Praia, me permiten terminar con toda una declaración de alegría de vivir.

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