Es normal analizar resultados electorales en un contexto de corto plazo, especialmente cuando se acercan otras llamadas a las urnas. Los de Extremadura, el mes pasado, recogen  el desplome del voto al PSOE (- 43,95 %), un ligero descenso del PP (-3,35%), que aún así gana un escaño, una fuerte subida de Vox y algo menor de Unidos por Extremadura, la coalición más a la izquierda. Los partidos mayoritarios, sobre todo el PSOE, fueron los grandes perjudicados por la abstención, que ascendió al 37% frente al 27% de las anteriores autonómicas.

El fuerte castigo al partido que gobierna España conecta con los problemas de corrupción y de tardía reacción a casos de acoso sexual protagonizados por algunos dirigentes. También le desgastan las dificultades para llegar a acuerdos con los grupos que le dan apoyo parlamentario, lo que, un año más, nos lleva a comenzar el ejercicio prolongando los presupuestos del Estado. Y, menos mal, que la coyuntura económica no parece muy preocupada por las peleas políticas. Seguimos creciendo y batiendo previsiones, en gran medida porque el uso generalizado de sistemas de pago electrónicos aflora economía sumergida.

Lo ocurrido en la región extremeña ha sido ampliamente comentado. Me interesa destacar hoy un factor, menos analizado, que influye en la debilidad del partido y el Gobierno de Pedro Sánchez y conecta con tendencias de cambio que se dan en muchos países, lideradas por la vuelta al primer plano de la base identitaria sobre la que se han construido los estados nación que pueblan el mundo. Soporte principal del populismo y de las guerras y confrontaciones que nos amenazan.

La rebaja de los sentimientos nacionales y xenófobos es necesaria para que podamos habitar pacíficamente el planeta en tiempos de una Humanidad muy grande e interconectada y, por ello, ocupa el capítulo más largo (Más allá de estado nación) de mi ensayo. Como allí explico, los estados más grandes están felices con el esquema actual que les permite repartirse el mundo negociando entre ellos. La llegada de la Unión Europea, que empezó a dar sus primeros pasos tras la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica, es una amenaza para los designios de los poderosos, porque abre un sistema de agrupación de pueblos menos tribal, más basado en el derecho internacional, la igualdad y la democracia. Además, permite que aparezcan competidores supranacionales potentes que hacen sombra a los grandes y dificultan que sigan dominando y expansionándose en el plano territorial, como les pide su impulso instintivo. Odian la UE y la denigran (entrada del 10/12, “Trump desprecia la UE, porque representa lo contrario que MAGA”).

El interés de los súper poderes internacionales, bien conectados con los superricos que manejan los sistemas de comunicación electrónica y las redes sociales, les lleva a manipular la información de forma permanente para dejar el mundo a sus pies. Para ellos, es prioritario debilitar la UE y apoyan a populismos defensores de viejas identidades y desconfiados de una Europa más unida, que dirigen países como Italia o Hungría y amenazan con conseguirlo pronto en otros, incluida España.

Aquí, el nacional populismo está presente, dentro del PP, en la línea Aznar-Ayuso, que conecta bien con los fascistas de Vox. Su forma de ver España es simple, desconfían de las CCAA, sobre todo de las que, dentro de ellas, reivindican identidades propias. Su mensaje se recibe mejor en el centro-sur y sirve para explicar parte del desgaste del PSOE. Su gobierno en minoría le obliga a negociar con partidos nacionalistas catalanes y vascos y despierta recelos en zonas aferradas al nacionalismo más identitario. Aunque esa flexibilidad le permita ocupar la presidencia de la Generalitat de Cataluña, algo a lo que ese PP, demasiado madrileño, no puede aspirar. La creciente marea patriótica opera también en el interior del partido socialista, donde se está formando una alternativa al sanchismo liderada por veteranos dirigentes del centro sur.  

La línea Trump-Putin-Xi, apoyada por el hombre más rico del mundo, Elon Musk, trabaja por debilitar Europa. Lo que, en España como en otros lugares, pasa por defender la versión más simple de la nación. Les ha ido bien en Extremadura, ahora se estarán moviendo, tras bambalinas, en Aragón. El 30/12/24 advertía aquí: “Un 2025 complicado para Europa”. Lo fue y el 2026 se presenta peor, necesitamos un esfuerzo extra para defender lo que la UE representa, dentro y fuera de sus fronteras. El primer obstáculo que tenemos delante es aprobar el acuerdo comercial con Mercosur, que se ha negociado durante 25 largos años. Sólo falta que lo ratifiquen los Estados, debería ser un simple trámite. Pero no parece fácil, los equipos de Musk, Putin y demás manipulan, también tras bambalinas, las protestas de los agricultores europeos, especialmente franceses, capaces de parar cualquier cosa en su país.

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