Fue hace 50 años. Los que entonces iniciábamos nuestra vida profesional lo esperábamos. Los partes médicos de su grave situación se repetían y a los periódicos se les acababan los titulares, todos los días lo mismo durante un mes. Mi mujer, periodista de La Voz de Galicia, le pidió a un compañero que hacía guardia por la noche, que nos llamara si se producía la gran noticia. Cumplió, nos telefoneó a las 4,45 de la madrugada del 20/11. Pusimos la radio, pero seguía con la programación normal. La Voz se había enterado tres cuartos de hora antes de la comunicación oficial, ya que estaba suscrita a Europa Press. Según se dijo, la agencia se adelantó porque sabía (quizá fue un soplo) que una funeraria había reservado una caja de muerto de elevadísimo nivel y apostó un periodista delante de ella, día y noche. Cuando el vigilante vio salir la caja, la madrugada del 20/N, lo comunicó desde una cabina telefónica a la central, que se arriesgó a enviar un teletipo con el fallecimiento del dictador. La Voz fue el único periódico de España que dio la noticia en su edición normal, la de Coruña, las demás ya habían salido. Su portada ilustra la entrada.
Ha pasado medio siglo y me gustaría conectar lo que ya es historia con la situación actual y las preocupaciones de mi ensayo. Lo primero es entender que la transición democrática fue facilitada en España por la existencia de una clase media con cierto peso, con la que no se contaba en la República, cuando la herencia de siglos de separación entre nobleza y pueblo aún pesaba mucho, lo que, agravado por la resaca de la crisis del 29, influyó en el brutal enfrentamiento posterior. Después de las dos peores décadas de nuestra historia económica, aislamiento y fuerte atraso bajo mando militar y falangista, el régimen de Franco, presionado por la situación exterior, se abre a los tecnócratas vinculados al Opus Dei, que entran en el gobierno e imponen un duro Plan de Estabilización (1959). Se frena la inflación, la economía empieza a beneficiarse del crecimiento europeo y en 1970 se firma un acuerdo de acceso preferencial al Mercado Común. Llega el desarrollo, ayudado por la entrada masiva de turistas, y emerge la clase media que será la base social decisiva de la democracia. La expansión continuó en democracia y se vio reforzada por la entrada en la Unión Europea.
Una constatación relevante porque subraya que los sistemas de libertades precisan de clases medias amplias. Ahora vemos que se vuelve a concentrar mucha riqueza en pocas manos y aumenta el porcentaje de gente con problemas de acceso a la vivienda y a un nivel de vida digno. La clase media pierde peso, el proceso está detrás de la radicalización que, otra vez, crece aquí y en países de nuestro entorno.
Una razón de ello es que la legalidad democrática aún no ha llegado a estructuras económicas del pasado. Un ejemplo son los largos plazos de pago de operaciones mercantiles, que conservan raíces del franquismo: grandes empresas dominan la organización patronal y los bancos gustan de financiar circulante. Hasta ahora, han tenido poder para esquivar normas que obligan a corporaciones poderosas a pagar a sus proveedores en los plazos normales para Alemania, Francia o los EEUU. La situación obstaculiza la capacidad de expansión de las pymes. Se habla poco de ello, pero representa puro atraso, resta dinamismo a nuestro sistema productivo y es un obstáculo importante, muy nuestro, para contar con una clase media más amplia y dinámica, que ayude a un menor enfrentamiento social y político.
Otra reflexión sobre las oportunidades de desconcentrar poder, la bridan las energías renovables, que pueden producirse a nivel de consumidores, solos o agrupados en comunidades energéticas, y ayudar a desconcentrar un sector básico, aficionado a grandes inversiones que, en tiempos de Franco, inundaban valles o abrían puertas a las nucleares. Su estructura productiva lo hace muy poderoso para influir en política, pero también más vulnerable a fallos generales del sistema.
Estos temas ya han sido tocados aquí alguna vez y volveré sobre ellos. Debemos preocuparnos mucho por las concentraciones de poder que erosionan la clase media y, con ella, la democracia.